Economía

Generación Erasmus: jóvenes explotados y felices

Administrator | Viernes 26 de julio de 2024
Diego Fusaro
Coherente con la obra de ingeniería social distópica dirigida por los Señores cosmopolitas, la figura del Erasmus (European Region Action Scheme for the Mobility of University Students -Plan de Acción de la Región Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios-) cumple, en este contexto, una de sus específicas funciones ideológicas.
Celebrado su bautismo en 1987, el Erasmus es, de hecho, un proyecto de educación y de ortopedización de las mentes y de los cuerpos que impone a las generaciones más jóvenes la movilidad internacionalista, la expatriación permanente, el vagabundeo placentero, el postureo cosmopolita y la desorientación generalizada (o sea la ausencia de arraigo territorial, histórico, cultural) como valores de referencia.
Ortopedizando las mentes forja y modela el imaginario de los jóvenes en sentido liberal-libertario, educando a los «Bocconi boys» en el nuevo orden moral y el abandono de cualquier arraigo y de toda pertenencia nacional, en la diversión sin fronteras (con respecto a la cual el estudio desempeña una función completamente secundaria), en el relato no border del mundialismo y en la inclusión cosmopolita.
Desde una perspectiva diferente, el programa de reeducación del Erasmus inocula a las nuevas generaciones la “ética” del tiempo de la desetización, la nueva «moral provisional» cosmopolita centrada en las figuras del nomadismo y la desregulación, de la expatriación y la deslocalización.
El programa Erasmus, como nuevo servicio militar obligatorio para los estudiantes universitarios, opera en el sentido de una normalización disciplinaria de masas en los códigos de la sociedad de la movida desinhibida y consumista, haciendo parecer trendy el deambular posnacional, al que la lógica misma de la acumulación flexible del Capital pretende condenar a la nueva plebe posmoderna. Se sublima la que Marcello Veneziani ha definido como la «condición infeliz de masas solitarias que viven la angustia de una sociedad desintegrada». Además, es “transformada”, y pasa de ser una condena a ser una chance emancipadora para las nuevas generaciones de «neuroesclavos» manipulados por el poder persuasivo del totalitarismo glamour; en palabras de Pasolini, «por la nueva cultura de la civilización de consumo, esto es, por el nuevo y más represivo totalitarismo jamás visto».
El estudiante Erasmus ha interiorizado y hecho suyas las notas del diario de 1940 de Georges Bataille, que podrían considerarse plausiblemente como marco general de la era posmoderna: «Sólo quiero emborracharme, vivir». Y de nuevo: “Ya no quiero tener otra pasión que mi vida libre, mi danza áspera, espasmódica, indiferente a todo ´trabajo”.
Sin exageraciones, el Erasmus se presenta como la reproposición, en el ámbito cultural, de los estilos de vida de las nuevas generaciones en cosmomercadismo integral, de la nueva estructura de los flujos financieros globales en permanente movilidad, desterritorializados y siempre en busca de mejores oportunidades de beneficio.
Se trata, en rigor, de un programa de reeducación forzosa hacia la movilidad y el mundialismo que la genera a su propia imagen y semejanza: el servicio militar obligatorio de épocas precedentes ha sido sustituido así por el programa Erasmus, su equivalente en la sociedad líquida de las costumbres feminizadas del libre consumo.
El objetivo es adiestrar y, además, ortopedizar a las nuevas generaciones en el cosmopolitismo flexible y el desencantado fideísmo en relación al único modelo de organización de las relaciones económicas y sociales que se les ha permitido conocer.
Con este propósito, cabe recordar el panfleto hagiográfico publicado en 2016 por Sandro Gozi para la casa editorial de la Università Bocconi de Milán, titulado Generación Erasmus al poder y consagrado a la magnificación del «mundo sin fronteras» y «sin límites» para los nuevos jóvenes, condenados al nomadismo sin estabilidad y a la diversión sin compromiso, educados en los valores cosmopolitas y posnacionales que fundamentan los procesos de inclusión de la Unión Europea como momento decisivo de la subsunción integral del mundo de la vida bajo el Capital.
Más allá de las narrativas edulcoradas para las almas bellas, en la era de la transición demográfica (es decir, del declinar tanto de la mortalidad como de la natalidad), el Erasmus promueve esa movilidad de las nuevas generaciones que es la necesaria derivada de la movilidad de los mercados laborales y de las prácticas de la deslocalización; y eso -habrá que insistir- no tiene nada que ver con la experiencia cultural del viaje de formación, con la investigación realizada en el extranjero, ni tampoco con la forma histórica del Grand Tour.
Con mayor precisión, la «experiencia» –viaje del Espíritu, como sugiere la lengua alemana que la expresa (Er-fahrung)-, el camino interior del iter formativo y del «devenir del mundo experto»(Inferno, XXVI, v. 98), no fue una creación obrada ex nihilo por el Erasmus, ni existe sólo gracias a él.
Además, el viaje de formación -de un Goethe o, antes que él, de un Montaigne– acaba, paradójicamente, por ser disuelto por el Erasmus: que lo recalibra en la forma alienada de la coacción a la mística de la deambulación y de la expatriación, mediante la cual los jóvenes, en lugar de experimentar la multiplicidad del mundo, se educan en el monocromatismo absoluto de la mundialización y en una suerte de idiosincrasia contra toda forma de identidad estable y definida.
En resumidas cuentas, se les adoctrina en el cosmopolitismo sans frontières y en el régimen de la libre circulación perpetua propia de las mercancías, basado tanto en la eliminación de toda frontera física y mental como en el repudio de toda estabilidad espacial y de todo arraigo existencial (puesto de trabajo fijo, ciudadanía, familia, etc.).
La libre circulación de las mercancías produce a su imagen y semejanza la libre circulación de las personas, ellas mismas degradadas a su vez al rango de mercancías, que se mueven en el plano liso del mercado global sobre la base de la ley de la oferta y la demanda que se ha vuelto planetaria; con la posibilidad asociada, para los arquitectos del globalismo y para los abanderados del laissez faire, de maximizar los procesos de valorización del valor, siempre en detrimento de los trabajadores y el medio ambiente, de los derechos y la seguridad.
Ocurre así que la movilidad, ensalzada como posibilidad de desplazamiento y oportunidad de trabajo, se convierte en conminación a la circulación infinita en los espacios ilimitados del mercado global. El teorema de la escuela heracliteana, según el cual πάντα ῥεῖ, «todo fluye«, queda anulado en el axioma globalista del «todos fluyen«.
El Erasmus no es más que la cara trendy y cautivadora de la deslocalización permanente y la expatriación forzosa a la que el Capital condena a los pueblos del planeta. El hombre-mercancía de la civilización Erasmus circula omnidireccionalmente, en nombre del Capital, por las tierras desoladas del mundo rebajado a la condición de mercado sin fronteras y, por tanto, sin nada que le sea ajeno.
Think tanks neoliberales, business schools con uso exclusivo del idioma inglés y campus universitarios redefinidos como avanzadillas del pensamiento único de apoyo a los desequilibrios de clase realmente existentes y ellos mismos conectados con las principales instituciones supranacionales del sistema financiero (desde la Bocconi de Milán a la London School ), aparecen como los espacios de la formación mercadizada, reducida a empresa cognitiva y fragua de la forma mentis globalista para los jóvenes miembros de la generación Erasmus. Con un juego de palabras basado en la ambivalencia de la palabra tank, se podría afirmar que los «laboratorios de ideas» (think tank) neoliberales son los «carros de combate» (tank) del pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto.
Educan para luchar ferozmente contra los símbolos de la tradición propia y contra las imágenes de su civilización histórica, para adherirse con ciega euforia a los iconos de la civilización de la forma mercancía y a los estilos inconformistas impuestos por el conformismo de consumo. A los miembros de la Erasmus generation se les pueden aplicar sin duda las palabras de las Cartas luteranas de Pasolini: «los chicos que nos rodean, especialmente los más jóvenes, los adolescentes, son casi todos unos monstruos. Su aspecto físico es casi aterrador y, cuando no es aterrador, resulta irritantemente infeliz».
Puestos de avanzada de la posmodernización de las conciencias, los campus universitarios occidentales business-friendly propalan como única ideología el liberalismo, culturalmente de izquierda y económicamente de derecha. Llaman subrepticiamente «formación» a la producción en serie de «misólogos«, los despreciadores del λόγος evocado por Platón, inclinados sólo a repetir de forma fanática el orden del discurso dominante. Difunden en redes unificadas lo que Joel Kotkin ha definido como el hodierno gentry liberalism, el liberalismo para las clases privilegiadas, funcional al dominio de la ruling class y glorificado por la izquierda posmoderna de complemento. Así como el protagonista de Tiempos Modernos, de Chaplin, ya no es libre de liberarse de los movimientos automatizados de la producción, así el hombre proyectado en el Nuevo Orden Mundial no puede liberarse de los automatismos del pensamiento único políticamente correcto.
El circo mediático, el clero periodístico y los funambulistas intelectuales están, casi en su totalidad, infectados de «papagayismo neoliberal«. Efectivamente, en respaldo del orden neoliberal hegemónico se ha generado todo un bloque ideológico o, si preferimos expresarlo con el vocabulario de Gramsci, toda una «casta intelectual«.
Para esta casta intelectual, vocacionalmente demófoba, las clases nacional-populares no tienen ninguna existencia real, salvo como problema cuando plantean reivindicaciones de salarios y derechos sociales, objeciones a la globalización neoliberal y, de tanto en tanto, cuando se manifiestan en inoportunas formas de voto contrarias a aquello que las élites mercadistas ya han decidido soberanamente en sus blindadísimos Consejos de Administración.
En estos casos, es decir, cuando las masas nacional-populares osan abandonar su pasividad o, en raras ocasiones, echarse a la calle para reivindicar cuestiones distintas a las permitidas (que son exclusivamente las que coinciden con los derechos arcoíris de la liberalización consumista), entonces la casta intelectual es “activada” y «desencadenada» por el Señorío cosmopolita: interviene dando lecciones a las masas, reeducándolas y haciéndoles sentirse culpables por su malsano populismo, por su vulgar soberanismo y por su deplorable conspiranoia; en una palabra, las ortopedizan, a fin de que se realineen con el pensamiento único políticamente correcto y éticamente corrupto, y así comprendan mejor la racionalidad de lo que cotidianamente les toca sufrir.
En esencia, la superestructura fundacional del Nuevo Orden Mundial concuerda con el culto permanente a la sociedad mundialista de la liberalización individualista integral de los consumos y las costumbres, todo ello aderezado de intervencionismos humanitarios y bombardeos éticos contra los pueblos y gobiernos que aún no se han convertido a él. .
Es cuanto viene difundido urbi et orbi por el clero secular académico y el regular periodístico, por el circo mediático, por los actores no profit, por las Organizaciones No Gubernamentales y por los opinadores sin más opiniones que las suministradas por el Sistema. La unión de la clase dominante y los administradores de las superestructuras -el «campo mediático«, lo calificaba Bourdieu– pone en marcha lo que Michéa definía como «el Partido de los Medios y del Dinero«.
La misma ruling class presenta cada vez más claramente el semblante propio de la generación Erasmus: con su juvenilismo compulsivamente ostentoso y con la permanentemente exhibida voluntad de liberarse de los viejos símbolos de la sociedad burguesa, entre ellos la corbata, la nueva clase dominante desterritorializada se hace cool y, como acostumbran a decir los franceses, bobo, abierta y vestida ya no de burguesa, sino de eterna teenager a la manera de Zuckerberg, el fundador del coloso Facebook.
Bajo la forma de una moda mediatizada y glamour, destinada a promover la kosmopolitischer Blick (la «mirada cosmopolita» evocada por Beck) y el nomadismo global como habitus en sí mismo positivo, el Erasmus domestica a las nuevas generaciones y las conduce hacia los estilos de vida flexibles y posmodernos, improntados por el consumismo sin naciones y sin fronteras, por la xenofilia compulsiva y por la idiosincrasia contra todo residuo de instancia nacional, automáticamente asimilada, en ademán mecánico e irreflexivo, al provincianismo, al nacionalismo, al populismo y a la xenofobia. El capitalismo aparece, recordando una vez más a Pasolini, como un «nuevo modo de producción, que no es sólo producción de mercancías, sino de humanidad» o, rectius, de humanidad en forma de mercancía.
En este sentido, sumergido en la apoteosis del mecanismo psicológico de la imitación gregaria, el estudiante Erasmus es el alter ego del joven -y siempre elogiado mediáticamente- startupper emigrado a América para abrir una empresa innovadora que, desde el pináculo de su éxito individual, imparte un sermón a sus coetáneos para que se liberen del arraigo a su patria y se conviertan en emprendedores cosmopolitas de sí mismos, exponiéndose sin temor y con ufano gozo a los desafíos competitivos de la mundialización.
Animada por el anarquismo posmoderno del deseo ilimitado y el capricho sin medida, la Erasmus generation encuentra su propia figura antropológica de referencia en el homo novus ciudadano del mundo (esto es, despojado de toda ciudadanía), que en cualquier sitio está en casa (es decir, privado de cualquier residencia fija), adaptado de igual manera a cualquier lugar (o sea, desprovisto de todo arraigo), dotado de open mind (a saber, carente de una identidad cultural propia y, por tanto, «abierto» a todas aquellas que el Sistema de consumo quiera imponerle).
De la Política de Aristóteles aprendíamos, inter alia, el hecho de que el esclavo es aquel que carece de vínculos y de un puesto fijo, siendo utilizable en cualquier lugar y de cualquier manera. El hombre libre, en cambio, es –aristotélicamente– aquel que mantiene muchos vínculos y sostiene múltiples obligaciones hacia los demás, hacia la πόλις y hacia el lugar donde vive.
La fabula docet que inferimos es que la libertad no se construye como una especie de autonomía del átomo errático, ayuno de raíces éticas y de arraigo territorial. Dicha figura merece más bien el nombre de esclavitud, aún cuando las cadenas que la establecen sean invisibles. Tal es la subalternidad del nuevo polvo de egoísmo cósmico y de mónadas cínicas en un mundo desarraigado y sin centro de gravedad. La libertad se construye, sin embargo, a través de vínculos con los lugares y con las personas, y existe siempre como un nexo relacional, no como una propiedad atesorada.
También de la lección aristotélica emerge la falsedad del discurso cosmopolita actual, que celebra como peculiaridades del hombre libre ese vagabundeo, ese desarraigo y esa ausencia de vínculos que, en realidad, son los rasgos más específicos de la esclavitud y de su transformación del individuo en átomo abstractamente omnipotente, por carecer de ataduras, pero realmente impotente, por hallarse completamente sometido al orden de la producción y del intercambio.
Una vez más, la lógica capitalista hace aparecer como oportunidades y chances emancipadoras las que, por el contrario, son condenas y maldiciones para las clases desclasadas de la mundialización, hijos de un Dios menor.
Es lo que podríamos etiquetar con razón como “la paradoja de Andrew Ure”. Este, como recordaba Marx con despiadado sarcasmo en las páginas de La filosofía de las manufacturas (1835), impugnaba las propuestas de reducción de la jornada laboral para los niños; y se proponía demostrar «científicamente» que, trabajando doce horas diarias en las fábricas y talleres textiles, crecerían más sanos y más robustos.
Los Andrew Ure del Nuevo Orden Mundial son los que hoy cuestionan cualquier propuesta de reducción de la flexibilidad laboral y existencial, pero también de la competitividad global, aduciendo como hipócrita demostración «científica» el supuesto daño que de ello se derivaría para las clases dominadas y, señaladamente, para las nuevas generaciones.
Despojados de su propio futuro, los jóvenes del capitalismo integral son vulgarmente felices en su propio malestar vuelto seductor y cool por el espectáculo mediático permanente y por las difusas prácticas del gozo narcisista compulsivo tendente al infinito. Por primera vez en la aventura cosmohistórica, como recordaba proféticamente Ortega y Gasset, el alma vulgar tiene la audacia de afirmar e imponer de manera ubicua el derecho a la vulgaridad.
Débiles y fluctuantes, desestabilizados tanto en las prácticas existenciales como en el imaginario, la generación Erasmus de Europa encuentra su análoga al otro lado del Atlántico en la conocida como Snowflake Generation estadounidense, la generación «copo de nieve«, compuesta de soledades precarizadas tanto a nivel material como inmaterial, vueltas frágiles e inconsistentes como los copos de nieve.
Baste reseñar aquí el hecho de que los teenagers de la fashion addicted Erasmus generation, con su agregado cosmopolitismo del deseo ilimitado, se ven constreñidos a la movilidad y, al mismo tiempo, son ideológicamente favorables a ella en las formas alienadas de la industria del entretenimiento, del subidón transgresor que viola todo lo inviolable y de esa movida nocturna que, por un lado, borra la frontera entre el día y la noche para el consumo y para las prácticas del hedonismo y, por el otro, inculca el mito del dinamismo heracliteano y de la movilización total, culminación ideológica de la movilidad planetaria de los capitales, mercancías y personas completamente mercadizadas.
Los transgresores imaginarios de la Erasmus generation están convencidos de que la rebelión contra la autoridad constituida y el status quo se consuma en la praxis del egoísmo, de la movida del subidón desenfrenado y en la transgresión en clave rigurosamente consumista: su rebelión es, precisamente por eso, la apoteosis del orden dominante, cuya confirmación se oculta detrás de una aparente negación. Esto nos permite reafirmar que el verdadero antagonismo no es nunca el que propone el Sistema, sino el que se establece entre ese antagonismo “oficial” y el que el Sistema impide, ya que es este último el único que realmente pone en duda el orden dominante.
La movida se ha erigido en nuevo mito del estilo de vida orientado al ocio, a la falta de compromiso y a la diversión sin aplazamientos del life is now. Con la sintaxis de Pasolini, es el non plus ultra de la «ideología hedonista del consumo», horizonte ideal del totalitarismo glamour de la civilización del mercado, reino de lo inauténtico donde todos se divierten y nadie piensa en otra cosa.

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