Libros Recomendados

Cualquiera que haya intentado apoderarse de Afganistán ha sufrido una inevitable derrota. El multiétnico y montañoso país se convirtió en una tumba para los británicos, los rusos y ahora los estadounidenses y sus aliados europeos. Peor aún: la huida de Estados Unidos de Afganistán demostró una debilidad política y una incoherencia en la Casa Blanca que no podía sino provocar dudas entre sus aliados más leales.

Junto con la derrota de Saddam Hussein en 2003, la operación afgana de 2001 del ejército estadounidense fue una represalia contra los islamistas radicales por los ataques terroristas en suelo estadounidense y una demostración de la eficacia militar y la diplomacia estadounidenses. En un tiempo récord y con mínimas bajas, Washington había tomado el control sobre la mayor parte de Afganistán. Sin embargo, ya desde la administración republicana de George W. Bush no se sabía muy bien lo que había que hacer a continuación.

En el año 1945 la Europa liberada conoció el " Plan Marshall ". En 2001 y 2003, a los liberados Afganistán e Irak no se les ofreció nada. Parecía que las sucesivas administraciones presidenciales simplemente habían olvidado el principio de "un bien alimentado nunca se rebelará", asegurándose de que la economía afgana, si es que ésta llegó a existir, no fuera viable en absoluto. Los comandantes sobre el terreno que desertaron a la Alianza del Norte han saqueado descaradamente las provincias en las que se han convertido en gobernadores. La lánguida guerra de guerrillas y la "lucha contra las drogas" provocaron la muerte de casi 1.000.000 de civiles. Los operadores de aviones no tripulados y los pilotos de las fuerzas aéreas mataban y disparaban a cualquiera que les pareciera sospechoso sin ningún tipo de sanción, mientras que las agencias de inteligencia de los colaboracionistas afganos y de los aliados occidentales torturaban y mataban impunemente a quienes se pensaba que estaban involucrados en movimientos extremistas. Todo esto no iba más que a favor de los talibanes. El Islam ama a los mártires de la fe...

Es muy difícil ganar una guerra en Afganistán. El principal enemigo de los soldados de la coalición internacional no son los talibanes con una ametralladora, sino el modo de vida de los habitantes del país, de los cuales apenas un escaso porcentaje comparte los valores occidentales. Recordemos que incluso el último presidente, Ashraf Ghani, tuvo que ser "exportado" al país desde Estados Unidos. La URSS intentó combatir los valores tradicionales construyendo escuelas y hospitales, pero después de que los rusos se fueran, sus representantes duraron apenas tres años. Los estadounidenses y la coalición internacional han hecho hincapié en ayudar al ejército afgano. Aunque los fondos destinados a proyectos humanitarios también fueron cuantiosos. Pero todo fue devorado por la tradicional corrupción afgana, que rápidamente contagió también a los militares estadounidenses. ¿Cómo sino se puede explicar que entre los años 2001 y 2020, según las estimaciones más optimistas de las organizaciones internacionales, la producción de drogas en el país haya pasado de 180 toneladas a 10.000?

Los campesinos afganos se dedicaron a la producción de drogas por desesperación. No tenían otras alternativas. Parece que los republicanos se olvidaron de su propia y querida política: "Dale un pescado a un hombre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá siempre”. Al final, la caña de pescar (una exitosa reforma económica) no se le dio a Afganistán. En cambio, el país obtuvo unos gobernadores muy corruptos y odiados por el pueblo. Miles de millones de contratos enriquecieron a los altos mandos del ejército estadounidense, que hicieron la vista gorda ante los pequeños tejemanejes de sus subordinados: tráfico de drogas, creación de burdeles campestres, torturas por diversión. De hecho, el ejército comenzó a degradarse y a decaer rápidamente. Bien es cierto que, después de todo, se trata del ejército americano. Aun en este estado y con poco apoyo de los aliados, controlaba el país, evitaba que cayera en el caos y obligaba al ejército afgano a colaborar. Sin embargo, el mismo ejército no pudo luchar de forma eficaz contra el narcotráfico ni cerrar la frontera pakistaní a los talibanes.

Como consecuencia, los empobrecidos civiles aborrecieron tanto a los invasores como a sus propias élites. Y con ellos, a los valores occidentales en forma de derechos de las mujeres, la educación y la medicina. Al final, sin llegar a ser aliados desde la posición de invasores, los estadounidenses sufrieron pérdidas por la guerra de guerrillas. Y la generación que pudo ser reeducada pasó a convertirse en terrorista suicida y combatiente, aumentando el número de ataúdes que volaban a casa bajo la bandera de las barras y estrellas.

Al final, cuando Trump llegó a la Casa Blanca, la situación ya era irremediable. Había que cambiar toda la administración militar y la élite del país, combatir duramente la corrupción y esperar otros 10 años para que las reformas dieran sus frutos. Ya fuera en 2030 o en 2040, el mejor monumento a la democracia estadounidense habría sido un Afganistán pacífico y próspero. Probablemente también se podría convencer al electorado estadounidense de que es imposible abandonar el país y entregarlo a los talibanes, responsables de la muerte de miles de civiles estadounidenses. Pero no hubo voluntad política. Tampoco hubo gestores competentes y honestos, capaces de transformar Afganistán en un Estado viable y respetuoso con la ley. Al final, las vidas de los soldados estadounidenses que cayeron por la democracia y los miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses no solo se tiraron a la basura. Se gastaron en una vergüenza nacional: la huida del aeropuerto de Kabul, que Joe Biden trató cínicamente de convertir en una victoria.

Sin embargo, su afirmación de que el ejército estadounidense ha cumplido sus objetivos contradice directamente el hecho de que lo que pasa es que el país ha vuelto al año 2001. Sólo que ahora el Occidente también tendrá que dialogar con los talibanes y saludar a los jefes islamistas radicales que desde el año 2001 tienen las manos manchadas de sangre de civiles estadounidenses y europeos. Todas las bajas resultaron inútiles: el terrorismo ha ganado. Pero no militarmente, sino por incoherencia, incompetencia y una banal incapacidad de calcular las consecuencias, algo inaceptable para una gran potencia. La actual administración, sencillamente, ha firmado su incapacidad para proteger al mundo occidental del caos del islamismo radical. Al parecer, el mundo necesita un nuevo protector o bien un gendarme mundial...

CANAL

 

elespiadigital.com
La información más inteligente

RECOMENDAMOS

El Tiempo por Meteoblue