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Javier Barraycoa

Jordí Albertí, en “El silencio de las campanas”, establece una sencilla regla sobre los que acometieron una atroz persecución en la retaguardia republicana en Cataluña: si estaban organizados no son descontrolados; y los anarcosindicalistas ni eran descontrolados ni estaban desorganizados.

Existían unos 200 Comités de Milicias y Patrullas de Control en toda Cataluña. Establecieron centros de detención, fueron a por personas concretas que tenían en listas preparadas. Y sabían que hacer la Revolución empezaba por la eliminación de la Iglesia. A partir del primer momento del 19 de julio de 1936, la Iglesia católica catalana y sus miembros fueron considerados indiscriminadamente como enemigos por los revolucionarios, poco les importaba incluso el clero catalanista. La persecución fue total, con la finalidad de acabar –simple y llanamente- con el catolicismo en Cataluña. Incluso de daban casos como el de Mn. Josué Roig Passalaigua de la población de Valls. Él se consideraba, cosa extraña en aquella época, un “cura de izquierdas”. Pero ni eso le salvó de ser martirizado.

Desde un punto de vista histórico, es indudable que hubo una persecución religiosa, entendiendo como tal al hecho de ser perseguidos hombres y mujeres por la simple pertenencia a la religión católica. Evidentemente hubo asesinatos por motivos políticos e incluso venganzas personales. Pero tampoco debemos caer en la dicotomía de pensar que hubo mártires católicos por un lado y asesinatos políticos por otro. Muchos de los jóvenes, hombres y mujeres asesinados, no se pueden escindir en dos grupos separados: católicos y políticos. Había infinidad de jóvenes que militaban en partidos políticos, como el carlismo, la Falange, Renovación Española, La Lliga o en la Unión Patriótica y a la vez eran catequistas y eran miembros de la Acción Católica o fejocistas. Y era más que frecuente la doble o triple militancia en todo tipo de grupos. Los jóvenes de la Lliga también eran a su vez –muchos- católicos comprometidos. Otros habían sido militantes del somatén, y en esta milicia popular estaban apuntados carlistas, alfonsinos o lligaires. Entre los miembros del Sindicato Libre había requetés, pero también de otras formaciones políticas. En definitiva, que es muy difícil discernir la causa formal por la que estaban en la “lista negra”, pero en sus últimos momentos, la mayoría murió manifestando su fe católica. Se puede comprobar que 144 sacerdotes asesinados en Cataluña, mantenía una estrecha afinidad con el carlismo, por ejemplo; al igual que hubo sacerdotes afines a la Lliga. Pero evidentemente en sus causas martiriales sólo se hace constar –y es lógico- su sacrificio por la fidelidad a la fe católica.

Hay cifras que ya se conocen, pero convienen ser constantemente recordadas para darnos cuenta de la gravedad de los acontecimientos que ocurrieron en la Cataluña de Companys. Aunque parezca mentira, las cifras según las fuentes, aún bailan algo. Pero podemos dar por válidos estos datos. A nivel eclesiástico, en Cataluña se produjeron 2.441 asesinatos. Entre ellos tres obispos catalanes (sin contar con los que murieron en suelo catalán), 1.538 presbíteros, 824 religiosos y 76 monjas. Para poder tomar conciencia de la dimensión de estos datos, cabe recordar que en Cataluña, en el año 1936, había 2.050 parroquias, distribuidas entre los Obispados de Tarragona, Barcelona, Lérida, Vich, Gerona, Urgel, Tortosa y Solsona. Igualmente, la Iglesia católica contaba con más de 900 casas religiosas y unas 4.000 iglesias, santuarios o ermitas.

Las cifras son frías pero significativas y aquí sólo contabilizamos clero diocesano, no religiosos ni religiosas. Las tomamos por diócesis, según el estudio de Vicente Cárcel Ortí, “La gran persecución, España 1931-1939″:

  • 4 obispos asesinados: Irurita (Barcelona), Huix (Lérida), Borrás (auxiliar de Tarragona), Polanco (de Teruel, ejecutado en Gerona en 1939).
  • Diócesis de Lérida: 270 clérigos asesinados, el 65% de los que había. [Sólo Barbastro perdió un mayor porcentaje de clérigos: el 88%].
  • Diócesis de Tortosa: 316 asesinados, el 62% del clero.
  • Diócesis de Vic: 177 asesinados, el 27% del clero.
  • Diócesis de Barcelona: 279 clérigos asesinados, el 22%.
  • Diócesis de Gerona: 194 asesinados, el 20% del clero.
  • Diócesis de Urgell: 109 asesinados, el 20%.
  • Diócesis de Solsona: 60 asesinados, el 13% del clero.

Si observamos atentamente la distribución, veremos que en la medida que vamos a las diócesis del norte de Cataluña, el porcentaje de asesinatos disminuye. La explicación es sencilla: la proximidad con la frontera permitió que pudieran escaparse más sacerdotes. Por el contrario, Tortosa –junto a Barbastro, incluida en Lérida- fue la diócesis que más sacerdotes perdió. En Lérida el factor clave explicativo es que el anarquismo del POUM estaba muy arraigado y, sobre todo, porque por ahí pasaron las columnas anarquistas que iban al frente de Aragón. A su paso, dejaron purificada la retaguardia.

A los sacerdotes hay que sumar los miembros de las órdenes religiosas. En Barcelona, por ejemplo, la diócesis contaba con la presencia de 35 órdenes masculinas que agrupaban un total de 1.700 religiosos, de los cuales 425 fueron asesinados. Junto a ellos hay que contar además a 112 religiosos procedentes de otras diócesis y de diversas órdenes que se habían refugiado en la Ciudad Condal. Igualmente las órdenes femeninas contaban con treinta familias y un total de 7000 monjas de las cuales asesinaron a 76. De los 824 religiosos asesinados en Cataluña, se debe ponderar la cantidad con los 2.500 que vivían en tierras catalanas, aproximadamente, repartidos en 225 comunidades.

Insistimos en que estas estadísticas, deshumanizadas, sólo tienen como intención hacerse una idea de la magnitud de la persecución en Cataluña, comparándola con otras regiones. Si bien en aquella época Cataluña podía representar un 15% de la población total de España, los porcentajes de clérigos asesinados veremos que no se corresponde con el conjunto de la persecución religiosa en España. Se calcula que en zona republicana murieron asesinados unos 6.850 eclesiásticos. En Cataluña, unos 2.400, esto es un 35% del clero español asesinado. También es interesante, comprobar el ritmo de asesinatos. Éste no denota tanto un descontrol sino una prisa más que urgente para cumplir con los objetivos revolucionarios. Los datos, referidos a toda España, son nuevamente son escalofriantes:

  • Año 1936, antes del 18 de julio, día de la rebelión militar: 17 curas y religiosos asesinados.
  • Del 18 de julio al 1 de agosto: 861 clérigos asesinados.
  • Agosto de 1936: 2.077 asesinatos (más de 70 al día), incluyendo 10 obispos.

Asesinatos acumulados a 14 de septiembre: 3.400 sacerdotes y religiosos asesinados (no contamos laicos) en menos de 2 meses. El resto de las víctimas se repartirán durante los siguientes años de la guerra. Entre los seglares, fueron 130 asesinados de la “Federació de Joves cristians de Catalunya” a los que habría que sumar los miembros de la Acción Católica.

Si nos ciñéramos a la definición actual de genocidio, dada por la Corte Penal de Roma, veríamos que el caso catalán y español se ajusta perfectamente en el caso eclesiástico: “Aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”. Como diría Jordi Albertí: “¿Pueden unos descontrolados matar 70 curas al día, que era la media de agosto de 1936?”.

Apolonia, la monja que fue arrojada a los cerdos para hacer chorizos

Javier Barraycoa

Entre las checas más tristemente famosas de Barcelona, estuvo la conocida como Checa de San ElíasMuchas son las terribles historias que nos han legado sobre los padecimientos, torturas y asesinatos ahí cometidos, primero por miembros de la FAI y posteriormente por los comunistas que controlaban el Servicio de Inteligencia Militar (SIM). Entre los asesinatos más crueles que se puedan contar es el del martirio de Apolonia Lizárraga y Ochoa de Zabalegui, de 69 años, natural de Lezáun (Navarra) y la que fuera Superiora General de la Congregación de Carmelitas de la Caridad.

Desde la Proclamación de la II República en muchas cartas alentaba a sus hijas espirituales a afrontar persecuciones que ya asomaban en una desolada España. En la primavera de 1936 escribía: “Todos dicen que se esperan cosas terribles y hay un pánico general; son tiempos de verdadera persecución contra Dios, y claro, las primeras que hemos de sufrir las consecuencias somos sus religiosas, así que bendito sea Dios que así lo permite. Él nos dará fuerzas”. En una visita al Obispo Irurita en el Palacio Episcopal, a la vista de un tapiz que representaba el martirio de un santo, la Madre le dijo a la hermana que le acompañaba una especie de profecía: “¡Qué dichosos son los mártires! Tal vez al Señor Obispo le quepa esta suerte.”

La Madre Apolonia residía en el Convento de las Carmelitas de la Caridad en Vic. El 21 de julio llegaron a la “Ciutat dels sants” milicianos de Barcelona creando pavor y destrucción. Son famosas las escenas de la Plaza del Mercado donde se habían reunido miles de objetos religiosos, libros, estampas e imágenes para ser incendiados. Pronto los conventos serían asaltados e incendiados junto a muchas iglesias. La Madre Apolonia fue advertida de madrugada, el mismo día 21, de que el convento iba a ser quemado. Arriesgando su vida fue buscando refugio a las hermanas de su comunidad, especialmente a las novicias y enfermas.

El 2 de agosto huía a Barcelona en tren. En la estación unas milicianas obligaban a todas las mujeres a desnudarse para cachearlas buscando dinero, y hubo de pasar por ese mal trago incluso cuando llegó a la Ciudad Condal. En Barcelona recaló en casa de unas primas. Desde ahí contactó con don Antonio Tort que a su vez tenía escondido en su casa al Obispo Irurita. El 3 de agosto de 1936 se había preparado un encuentro entre ella y el futuro obispo mártir. Pero registros y detenciones de carmelitas impidieron la reunión.

Días más tarde, la Madre Apolonia pudo entrevistarse con Monseñor Irurita en casa de la familia Tort. Pudo confesar y recibir la bendición del Santísimo. La también martirial familia Tort intentaba gestionar los papeles para propiciar la huida del Oispo Irurita y religiosas como la Madre Apolonia. Pero todo fue inútil. En esos días la FAI controlaba el puerto. La Superiora de las Carmelitas de la Caridad quedó refugiada en casa de la familia Darner. Ahí fue arrestada el 7 de septiembre a las 9 de la mañana y arrastrada al comité sito en la Calle Ancha de la capital catalana. La devolvieron a la casa pero la misma noche fueron a buscarla. Hubo de esconderse y buscar nuevamente refugio en casa de sus primas.

Pero las milicias del POUM ya la tenían enfilada y siguieron su pista hasta localizarla. La llevaron arrestada a un Comité de control de la calle Provenza, y posteriormente a otro del Paseo de San Juan donde fue interrogada. Finalmente fue trasladada a la temible checka de San Elías sabedora de que prácticamente nadie salía con vida, o si salía era para ser ejecutado. A la Madre Lizárraga, vestida de seglar, le preguntaron los milicianos nada más llegar: “Tú ¿Quién eres?” y ella contestó: “Yo soy religiosa”. Esa contestación fue su sentencia de muerte.

El día 8 de septiembre, a media noche, la sacaron de su celda diciéndole: “Baja, que ahora descansarás”. En ese momento se perdió su rastro directo. Su hermana Bonifacia Lizárraga declaró tiempo después: “En dicha checa actuaba como jefe un hombre apodado el ‘jorobado’ que cebaba cerdos con carne humana. Dicen que la Sierva de Dios fue descuartizada y que la devoraron esos inmundos animales”.

Un testimonio más directo es el de Mª Elena del Rio Hijas que recogió el relato que oyó a su padre sobre el martirio de la Madre Apolonia: “Fue cogida prisionera, llevada por los milicianos a una checa, la desnudaron y la llevaron a un patio. La ataron muñecas y tobillos y fue colgada de un gancho a la pared del patio. Con un serrucho la cortaron. Ella rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer a unos cerdos que tenían allí, que al poco tiempo los mataron y los comían y vendían diciendo que eran chorizos de monja”. Otros testimonios refuerzan esta versión, pues era costumbre que algunos milicianos fueran por los bares de la zona ofreciendo “chorizo de monja”. Tal terrible muerte se debió a su negativa de apostatar de su fe.

Antonio Montero en su libro “Historia de la persecución religiosa en España” reafirma: “Actualmente se han encontrado testigos que nos refieren que estando ellos presos en la cárcel de San Elías en el año 1936, era de dominio público que el jefe de la checa, un tal ‘Jorobado’, cebaba en total unos trescientos cerdos con carne humana. Que muchos presos eran echados a dichas piaras y que la General de las Carmelitas de la Caridad, Madre Apolonia Lizárraga, fue una de dichas víctimas que aserraron, descuartizaron (en cuatro partes) y luego en trozos más pequeños fue devorada por dichos animales que en la citada checa engordaban en número de 42”. Apolonia Lizárraga Ochoa de Zabalegui fue beatificada en Roma el 28 de octubre de 2007 por el Papa Benedicto XVI.

El martirio a los curas en la España de 1937: «Lo torearon desnudo y le remataron con un cuchillo de matar cerdos»

A. C.Valencia

El canónigo de la Catedral de Valencia Arturo Climent ha publicado un libro sobre el sacerdote valenciano Enrique Boix (1900-1937), en proceso de canonización, que murió a los 36 años de edad martirizado en Llombai, su localidad natal, en el año 1937 durante la Guerra Civil.

La finalidad de esta publicación es «que no se pierda la memoria de un sacerdote bueno, trabajador, enamorado de Jesucristo, que se dedicó a vivir a pleno pulmón su ministerio en distintas parroquias hasta que fue apresado y sufrió un martirio inhumano, horrible y cruel», ha explicado Arturo Climent.

La persecución de la Segunda República contra la Iglesia española, hasta 1936 y durante la Guerra Civil, le costó la vida a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas, de acuerdo con un estudio del historiador Antonio Montero Moreno.

El libro sobre Enrique Boix, que ha sido prologado por el canónigo Ramón Fita, delegado episcopal para la Causas de los Santos de la Archidiócesis de Valencia, incluye la biografía de Enrique Boix, con fotografías de lugares vinculados a él, y recoge también los perfiles de los siervos de Dios nacidos en Llombai, Vicente Bartual Lliso y Rafael Donat Lloret, así como del beato José Ferrer, natural de Algemesí, todos ellos martirizados en 1936, también en pleno conficto bélico.

Enrique Boix Lliso nació en Llombai el 20 de julio de 1900 dentro de una familia cristiana. Tras su ordenación sacerdotal en 1925 sus primeros cargos parroquiales los desempeñó en Xixona, Simat de Valldigna, Senija y Xeresa hasta que fue nombrado capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y de las Madres Franciscanas en Alzira.

En Alzira fue vicario de la parroquia de San Juan Bautista, director de la Juventud Obrera, consiliario de jóvenes de Acción Católica «y alma de muchas organizaciones juveniles católicas, por lo que es recordado como el cura de los jóvenes», ha añadido Climent.

Al estallar la Guerra Civil «le avisaron de que irían a por él porque lo consideraban un cura demasiado influyente en la ciudad», según el autor del libro. Boix se marchó a Algemesí, donde fue detenido en enero de 1937 «y sin juicio, fue llevado a la cárcel y entregado al Comité de Llombai que se lo llevó y lo encerró en un local».

Finalmente, el sacerdote fue conducido al claustro de la parroquia, convertido en vaquería, donde fue martirizado el 24 de enero de 1937. Según el relato de testigos que presenciaron el martirio, «lo ataron desnudo a un limonero, lo dejaron toda la noche allí, y al día siguiente lo torearon como a un animal, clavándole agujas de hacer jersey y con un cuchillo de matar cerdos, le dieron el estoque final». Tal como ha explicado Climent, «Enrique Boix murió dando testimonio de Cristo con valentía, amor y perdonando a sus asesinos».

Represión y muerte en el Valle de Benasque

Luis E. Togores

En la actualidad el acceso al valle de Benasque se hace a través de un desfiladero, el Congosto de Ventamillo, que, en ocasiones, puede quedar cortado. Para pasar a Francia sigue siendo necesaria hacer una marcha a pie de casi un día por el paso del Portillón. En los años 30 del pasado siglo, era una zona casi inaccesible, dejada de la mano de Dios, que vivía de la ganadería y de poco más.

El distrito electoral de Benasque, con la implantación del voto femenino en 1933, contaba en las elecciones de febrero del 36 con un censo electoral de 1001 votantes, ganando el Frente Popular las elecciones por algo más de un diez por ciento del censo sobre los candidatos de la derecha.

El valle, zona tradicionalmente ganadera, se vio afectado en lo económico y en lo político por la apertura de una mina de pirita en el pueblo de Cerler. La explotación estaba a pleno rendimiento en 1934 lo que propició la formación de un sindicato de la CNT y otro de la UGT para su algo más de medio centenar de mineros.

Con el comienzo de la guerra la provincia de Huesca quedó dividida entre los dos bandos enfrentados. Huesca en manos de los alzados, mientras que Barbastro, nudo de carreteras del que partían los caminos para el valle de Benasque, en manos del Frente Popular.

Barbastro, con sus ocho mil habitantes y un batallón de tropas de montaña, el Ciudad Rodrigo nº 6, contra pronóstico, no se sublevó. El 20 de julio estaban en la ciudad las primeras columnas de milicianos llegadas desde Barcelona. Los guardias civiles, falangistas, requetés y gentes de derechas, como en Angües, Siétamo o Tardienta, que se habían manifestado a favor de los sublevados tuvieron que abandonar sus casas para refugiarse en Huesca.

Los pueblos del valle de Benasque quedaron bajo el control del Frente Popular. Entre los días 24 y 25 de julio llegó al valle la columna anarquista Los Aguiluchos mandada por Hilario Salanova “El Negus”, natural de El Grado y exsargento del Tercio de Extranjeros. Apoyados por los anarquistas del valle Los Aguiluchos comenzaron a realizar detenciones de enemigos de la república, incautaciones, destrucción de iglesias (en la iglesia de Benasque destruyeron el retablo del altar mayor y de las capillas laterales para convertirlos en astillas, incendiaron la ermita de San Antón y destruyeron numerosas imágenes de santos cuyos pedazos tiraron en el prado de Ramonot), desmontaron las campanas para fundirlas para, finalmente, comenzar a asesinar a los detenidos.

Nada más llegar los anarquistas a Benasque constituyeron el Comité Antifascista de Benasque dividido en Comité de Investigación y Comité de Enlace, primeros pasos de la revolución. Sobre lo que acaeció aquellos días en Benasque nos ha dejado testimonio Joaquín Ballarín Cornel:

“El día 18 llegó el correo por última vez, al día siguiente llegaron unos ‘escopeteros’ de Barbastro, se reúne al vecindario a la policía y a la guardia civil, eligen un comité, no figuró en él. El día 26 sube un grupo armado, con una camioneta que según cuenta los críos está ensangrentada, se llevan a un señor de Monzón y también su coche, no se sabe lo que pasa, pero se presiente que es algo horrible. El 27 por la noche me entero de que en la casa de la villa están detenidos varios de aquí y los contratistas de la carretera, voy a verlos me dicen; que los han detenido por precaución. Nos advierten que proteger a los curas es arriesgar la vida de todos los de derechas. El 29 suben a por los curas y curiosamente, los que no vamos a misa los defendemos, mientras el resto callan, pero se los llevan a Graus”.

Según mosén Isidoro, párroco de la zona,

“El párroco, don Ramón Giral Felices, de 51 años cuando los asesinaron… fue encarcelado en Benasque, a las 13 horas del día 25 de julio; el 27 por la noche lo sacaron para llevarlo a Graus, donde fue fusilado con otros, ignoro el día fijo. Don Antonio Coscolla, natural de Graus, coadjutor de Benasque, encargado de Anciles y Cerler, de 27 años de edad, encarcelado el 25 de julio y conducido a Graus, el 27, unos aseguran que fue fusilado otros dicen que fue liberado, sacándolo del camión en el camino que los conducía al cementerio, y conducido en otro auto donde jamás se ha tenido noticias. (…) La iglesia, fue saqueada en absoluto, sin dejar rastro de cosa sagrada, destinada al almacén y cocina de los Alpinos, dejaron una campana”.

Otros sacerdotes del valle asesinados fueron Manuel Saura Lamora natural de Eresué (párroco Eriste), Martin Mora Español del pueblo de Ramastué, Amado Serrate Fuentes, Ramón Minchod Sanmartín, José Castillón Mur y José María Saura Azcón detenidos en Castejón de Sos, José Rabal (párroco de Seira), José Español Farré natural de Anciles (párroco de Campo) y Pedro Raluy natural de Barbaruens (párroco de Calvera). Juntos a estos, como represalia por los fusilamientos de los nacionales en Huesca, fueron arrestados en Benasque el farmacéutico Ignacio Azcón Cornel partidario de la CEDA (su hijo Alfonso Azcón Valderrabanos se alistó a la División Azul muriendo en combate en Novgorod en 1943), el abogado Antonio Benedet Sazatornil, natural de Benasque y residente en Anciles, que había sido alcalde con Primo de Rivera, y el veterinario Roberto Roca Soler, todos fusilados en el Puente Argoné a 24 kilómetros de Benasque en el terminó municipal de Campo. Algunos de estos cadáveres fueron luego enterrados en Anciles.

Siguiendo con el testimonio de Ballarín:

“El día 6 de agosto se llevan a los contratistas de la carretera de Barbastro (…) pero al llegar Graus los hacen bajar del camión y los asesinan junto al puente del pantano de Barasona. (…) el día 14 de agosto las fuerzas de ‘El Negus’ toman el pueblo (Benasque) patrullan las calles, acompañados por <el Churrero> va a buscar a su casa a Ignacio (Ascón) a Benedet y al veterinario (Roca Soler), se los llevan. Me doy cuenta qué es inútil oponerse a nada -es hacerse matar inútilmente-. La colectividad, con Aguiluchos, con egoísmo y sin colectivistas, nos apuntamos para salvar la vida”.

El 4 de octubre de 1936 el Comité Antifascista y la CNT de Benasque dio el siguiente comunicado: “Se hace saber a todas las familias del término municipal, qué si desaparece algún individuo de las mismas, se hará responsable de la desaparición a todos los miembros de la familia, y sí se sospecha la menor complicidad, se fusilará a los familiares”.

Intentando cruzar a Francia para huir de zona roja fueron fusilados José Macarulla Solano y José Garanto Pedrón. En la Causa General se citan como asesinados por este mismo motivo los hermanos Joaquín y José Piñol, Francisco Capdevila, un aviador republicano que intentaba pasarse por Francia a los nacionales y Antonio Guiraldo Palacios. Sabemos de varios casos más cuyos nombres se desconocen y que quedaron enterrados y su memoria perdida en plena montaña.

Junto a estos asesinatos existen otros que no aparecen en la documentación y en los libros de historia como el de los hermano José María y Joaquín Nerin Mora “caídos por Dios y por España” los días 21 y 14 de agosto de 1936, en Villanova, un pueblecito situado en medio de un valle aislado y poco poblado como era el de Benasque.

Algunos benasqueses, que había permanecido en la población los primeros meses de la guerra, tuvieron que pasar a Francia advertidos por vecinos y amigos de la suerte que les preparaban los milicianos y sus partidarios que dominaban el valle. Entre los huidos estarán Antonio Albar Mora y su hijo mayor, Carmen Azcón Laulla, Marcial Río Mora, los hijos mayores de José María Español Berdié, Antonio Mora Perales, Faustino Güerri con varios amigos y Valero Llamas. Todos huyeron en noviembre del 37.

A pesar de ser una zona no muy poblada y aislada de los problemas políticos que crispaban la vida de Huesca, Lérida y Zaragoza los habitantes del valle de Benasque, que estuvo bajo control republicano hasta marzo del 38, no se libraron de ver cómo las milicias, principalmente anarquistas, asesinaban, robaban y perseguían a muchos benasqueses no afines al Frente Popular. Con la llegada de los nacionales al valle cerca de dos mil soldados y civiles cruzaron a pie a Francia por el paso del Portillón.

* Catedrático de Historia Contemporánea.

Jacinto vives, el hijo del barbero

César Alcalá

Jacinto Vives i Vives era un joven que nació en la calle Santa Eugenia número 9 del barcelonés barrio de Gracia. Su padre poseía una peluquería y las tertulias sociales y políticas fueron una norma habitual durante la República. A ella acudía el sindicalista Ángel Pestaña. Estalla la guerra civil y el joven Jacinto empieza a formar parte de lo que se conoció como Socorro Blanco, que ayudaba a las personas escondidas e hizo una gran labor con las familias que habían perdido al padre, a un hijo, o a ambos.

Como consecuencia de las colectivizaciones su padre, Jacinto Vives Ferré, perdió su establecimiento. La peluquería fue desmantelada y fue obligado a ir a trabajar a otra, propiedad de un tal Guitart, a la sazón jefe del sindicato de la CNT de peluqueros. Explicaba Vives que, durante el periodo que estuvo en la cárcel, su padre era el barbero de Vladimir Aleksándrovich Antonov-Ovseenko, el cónsul de la URSS en Barcelona. Lo eligieron por una razón muy sencilla. Teniendo a un hijo en la cárcel el padre no intentaría asesinarlo. Antonov-Ovseenko se cubría las espalda y el cuello.

Jacinto Vives entró a formar parte del Socorro Blanco el 12 de febrero de 1937. Un año después, el 15 de marzo, ingresó en la Cruz Roja de Sant Just Desvern. Después de la guerra sería miembro de las Federación de Jóvenes Cristianos.

El 25 de marzo de 1938 ha quedado marcado en su memoria. Aquella tarde decidió ir al cine con su amigo Jaume Vandellós Jordana. Regresó a casa sobre las ocho y media de la tarde noche. Minutos después llamaron a la puerta. Eran unos patrulleros que preguntaron por él. Tenían orden de registrar la casa. Con toda probabilidad lo estuvieron vigilando toda la tarde. En la casa no encontraron nada. Buscaban pistolas y documentación que pudiera culpabilizarlo de pertenecer a la quinta columna. Los patrulleros le comunicaron al padre que se lo llevaban a la calle Muntaner número 321. Que para mayor tranquilidad podía acompañarlo hasta allí. Así lo hizo. Después le pidieron que se marchara. “En pocas horas regresara su hijo a casa”, le comentaron.

Lo subieron al ático del chalet y lo dejaron aislado. Horas después empezó el interrogatorio. Un tal Olmo llevaba la voz cantante. Lo acusó de ser falangista y pertenecer a la quinta columna. De nada sirvió que el negara todo aquello. Tuvo que firmar una declaración donde se le imputaban estos cargos.

De Muntaner al Preventorio-D, en la calle Vallmajor. Allí encontró amigos y conocidos. Uno de ellos, Jesús Ara Lahaz, echaba sangre por la orina de la paliza recibida. Se desconoce el motivo por el cual de Vallmajor los llevaron al Santuario de El Collell (Gerona). Poco tiempo permaneció allí, pues una madrugada los montaron en un camión y volvieron a Barcelona.

No pararon en ninguna checa. El camión los condujo directamente al Palacio de Justicia. Al llegar a la sala de audiencias hicieron entrar a los letrados defensores. El que le tocaba a Jacinto Vives le preguntó al juez, con la venia, si le podía enseñar el sumario para conocer el motivo del juicio. El juez, tajante, le respondió que no se preocupara, que ya se enteraría durante el juicio. Así pues, fue juzgado sin garantías. Lo condenaron a muerte junto con Manuel Ardévol Soler, José María Truco Portella, Jaime Vandellós Jordana, Miguel Ferrer Mir, Luis Delaguardia Valldeperas, Joaquín Caselles Forn, Francisco Tous Riera, Eduardo Vallejo Arquero, Jaime Jordán Jordán, Antonio Canudas Gimeno, José Núñez Otero, Juan Colomé López, Pedro Serrat Balado, Francisco Gurt Serrate, Manuel Coca López, Jesús Perera Millán, Jesús Madurell Aloma, Jesús Ara Lanaz, y José Casellas Fora.

Una vez condenados fueron trasladados al Castillo de Montjuic y encerrados en el llamado túnel de la risa, donde los reos esperaban su hora. La providencia quiso que al día siguiente el periódico “The Time” criticara que el gobierno republicano condenaba a muerte a menores. Para cubrirse las espaldas, se les revisó el juicio por alta traición. Les conmutaron la pena de muerte por la de 30 años de cárcel.

Al no ser ejecutados decidieron trasladarlos a la Cárcel Modelo, a la galería de políticos, reservada para los condenados a muerte. No era el lugar más apropiado para aquellos jóvenes. Por eso decidieron sacarlos de ahí y trasladarlos al preventorio de menores que la Generalidad de Cataluña tenía en lo que se conocía como Bones Hores. Era una finca -Can Cata- Ubicada en Cerdanyola del Vallès.

Allí pasaron los días sin hacer nada. Comían, descansaban y contaban las horas. El jefe del preventorio era un tal Medina y la administración la llevaba un tal Pamies. Sobre el 24 de enero de 1939 se dieron cuenta que estas dos personas habían desaparecido. No se atrevieron a salir. Fue el 26 de enero, con el revuelo que se organizó con la llegada del ejército nacional, cuando decidieron escaparse y regresar cada uno de ellos a sus casas. La guerra y los sufrimientos finalmente habían terminado.

No todo el mundo pasó las mismas penalidades. Un amigo de Jacinto Vives, Luis Mainat Pla, fugado de Zaragoza, donde estaba sentenciado a muerte, pasó toda la guerra encerrado en el manicomio de Sant Boi de Llobregat. Se hizo pasar por loco y gracias al dinero que recibía, con el cual compraba el silencio de los funcionarios, consiguió salvarse no sólo de ir al frente, sino de una muerte segura. El propio Jacinto Vives le llevó en más de una ocasión dinero. “Era el más cuerdo de todos”, afirmaba.

En Santa Engracia número 2 había una oficina de las patrullas de control. Eran gente conocida por todos. Cada día informaban a los vecinos del número de personas que habían asesinado y el lugar. Generalmente los asesinaban en la carretera de La Rabassada. Jacinto Vives y sus amigos subían hasta allí y localizaban los cadáveres. Si eran conocidos iban a ver a las familias y les explicaban que su pariente yacía muerto en tal o cual sitio. Todo esto que hemos contado forma parte de la memoria histórica que vivieron muchos barceloneses anónimos.

Barbastro, el gulag del paraíso anarquista

José Luis Orella

Aragón quedó partido el 18 de julio de 1936. Su parte oriental quedó en manos de comités revolucionarios y la occidental bajo el control de los militares sublevados con apoyo de las derechas. La llegada de las columnas milicianas anarquistas y del POUM acrecienta el poder revolucionario en su parte oriental. El 6 de octubre en Bujaraloz se formó el Consejo Regional de Defensa de Aragón, como una entidad de gobierno propia que organizó bajo los valores del anarcosindicalismo en 450 colectividades rurales, en su mayor parte en manos de la CNT y un puñado bajo la UGT, donde se colectivizará la tierra y se abolirá el dinero y la propiedad. El consejo estará presidido por Joaquín Ascaso, primo de los famosos anarcosindicalistas que habían asesinado al cardenal Soldevila en 1923. La ciudad de Caspe será la que ejerza de capitalidad del Aragón revolucionario. Allí ya habían asesinado a 91 personas, entre las que destacaba Teodoro Albareda Mángue, quien había ocupado cargos de responsabilidad en el Círculo Católico de Caspe y fundador del sindicato católico agrario. Su tercer hijo será uno de los fundadores del CSIC y de los primeros científicos del país, José María Albareda, perseguido en Madrid, quien pudo huir a zona nacional a través del Pirineo. El CRDA estará activo hasta agosto de 1937 cuando el gobierno de Negrín lo mande eliminar por fuerzas comunistas, deteniendo a su presidente por tráfico ilegal de joyas.

El frente aragonés será un lugar de importantes batallas para intentar evitar la conquista del norte republicano, como la batalla de Huesca, Belchite y Teruel. En la primera participaron unidades de las Brigadas Internacionales entre cuyos componentes hubo gente de relevancia posterior como la filósofa Simone Weil, el escritor George Orwell y el futuro canciller Willy Brandt, todos ellos simpatizantes del anarquismo o del marxismo heterodoxo del POUM. Sin embargo, la realización de la revolución y la destrucción del “fascismo” era prioritario para los anarquistas, antes que luchar en el frente. Una de sus consecuencias fue la represión revolucionaria que se cobró 3.915 asesinatos en Aragón, de los que 549 fueron sacerdotes y religiosos.

Una de las ciudades que sufrió el vendaval anarquista fue Barbastro, sede episcopal, cuya diócesis sufrió la pérdida del 88% de su clero. El padre José Beruete Murugarren, director del Museo de los Mártires Escolapios y el historiador Martín Ibarra, presidente de la Comisión Histórica de los Mártires de la diócesis de Barbastro Monzón han realizado un trabajo de investigación preciso donde aclaran el martirio sufrido a manos de los anarquistas, quienes tenían uno de sus principales centros militares en la villa oscense. Buenaventura Durruti comandaba la columna de su nombre, con 2.500 milicianos, que llegó a reunir unos 6.000 hombres, que se dedicaron a extender la revolución por la región del somontano.

 

Los 18 mártires benedictinos LA RAZÓN

El Colegio San Lorenzo de las Escuelas Pías fue usado de cárcel, en sus paredes los futuros mártires escribieron frases de perdón a sus asesinos y expresiones de alabanza a Cristo Rey y a su madre, pero fueron encalados por sus asesinos para no dejar testimonio de la pureza de sus sentimientos. Entre las cartas y testimonios que se custodian en el Museo de los mártires claretianos, se puede encontrar el siguiente testimonio:

“¡Viva Cristo Rey! Adiós queridos padres y hermanos, no lloréis; me voy al cielo; no lloréis, muero mártir… ¡Jesús mío, os ofrezco mi vida por la remisión de mis pecados, por los que me persiguen, por la Congregación… ¡ Jesús mío, Madre mía, dadme constancia, resignación, perseverancia… Mis queridos padres y hermanos, alegraos, no lloréis… tenéis un hijo, un hermano mártir que rogará por vosotros en el cielo… Y otras frases que ahora no me acuerdo. Aún me parece que estoy allí en un rincón del salón, escribiendo estas palabras de eterna despedida apoyado en el piano, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón palpitando de emoción. Luego entregué el papel a un muchacho (amigo nuestro y cocinero de los escolapios), llamado José, encargándole que una vez que me fusilasen y España ya estuviera en paz se lo enviase a Uds.”

La casa de la Comunidad Claretiana de Barbastro fue asaltada por miembros de la CNT el 20 de julio de 1936. La comunidad la componían 60 personas: nueve sacerdotes, doce hermanos y 39 estudiantes. En ese momento reunía a los estudiantes de Teología, jóvenes de 14 a 18 años. Los tres padres superiores fueron arrestados mientras que el resto fue encerrado en el salón de actos del colegio de los Padres Escolapios. Se conservan los testimonios de los estudiantes claretianos extranjeros, dos argentinos y uno italiano, que se llevaron las cartas de sus compañeros y sobrevivieron por su condición de no nacionales para evitar problemas con sus países. Según sus historias:

“El día 2 de agosto fusilaron a 3 de nuestros padres; el 12 del mismo mes, de repente, se presentó en el salón un buen grupo de gente armada, a media noche; nos levantamos sobresaltados; uno de los rojos llamó a los seis más viejos, total cuatro padres, un estudiante y un hermano; el más joven de los seis tenía 26 años. Allí mismo, en nuestra presencia los ataron, primero los brazos atrás y luego de dos en dos; los sacaron del salón en medio de fusiles; los subieron a un camión, y al cementerio; allí los colocaron de espaldas a la fosa; luego una descarga cerrada de fusilería, y los seis claretianos coronan en el cielo sus frentes con la palma del martirio. ¡Honor a ellos! Nosotros nos quedamos en el salón terriblemente impresionados, sin poder conciliar el sueño; yo rezaba con otros en un rincón del escenario; nos preparábamos para el sacrificio inminente de nuestras vidas.

Ese mismo día, a las 7 de la mañana, se presentó en el salón uno del Comité, con varios pistoleros; nos coloca en dos filas y va tomando los nombres de todos. ¡Era la lista negra! A los dos extranjeros nos tomó otros datos; todo el día fue de preparación inmediata para la muerte. Como he dicho, es el día 13. A las 3 de la mañana se presentan en el salón muchos comunistas; nos mandan levantar, encienden todas las luces, se distribuyen por todos los rincones y uno de ellos va llamando en voz alta a las víctimas, según la lista hecha; son 20: 1 padre y 19 estudiantes; ninguno pasaba de los 25 años.”

La Iglesia tendrá en Barbastro uno de sus principales epicentros martiriales. A nivel regular el martirio de 51 claretianos, pero también de los 18 benedictinos de la Congregación de Solesmes del monasterio de El Pueyo, a 5 km de la ciudad, y los 10 escolapios del Colegio San Lorenzo. En el plano diocesano se sumarán los 13 canónigos de la catedral, 5 seminaristas y 114 sacerdotes de la diócesis. En cuanto al obispo de Barbastro Florentino Asensio Barroso, por su condición episcopal se le reservó un trato especial. La noche del 8 de agosto de 1936, un grupo formado por Santiago Ferrando, Héctor Martínez, Alfonso Gaya, Torrente el de la tienda de licores y otros milicianos fueron a la cárcel, lo ataron bien y Alfonso Gaya le cortó con su navaja los genitales, exclamando. ¡Qué buena ocasión para comer cojones de obispo! según quedó atestiguado en la Causa General (legajo 1409, expediente 1, folio 575).

Después se lo llevaron desangrándose al cementerio junto a otros doce presos, donde le dispararon, pero sin matarlo para que se desangrase lentamente, sería otro grupo de anarquistas, que al no poder dormir, subieron a las tapias del cementerio y lo remataron.

El canónigo y director de “el cruzado aragonés, Don Marcelino Capalvo

Martín Ibarra Benlloch

Marcelino Santos Capalvo Trillo nació en Ponzano (Huesca) en 1876, se ordenó de sacerdote en 1902. En el año 1906 pasó a la diócesis de Barbastro, donde fue canónigo en su catedral, rector del Seminario Conciliar, profesor del mismo y Director de El Cruzado Aragonés, semanario de Barbastro. Don Marcelino participó activamente en la vida de la ciudad y diócesis de Barbastro, destacando la consagración de la ciudad de Barbastro al Corazón de Jesús el día 11 de abril de 1925, festividad del Corpus Christi. Once años más tarde, no habría esas muestras de adhesión a Jesucristo, y saldrían de esta plaza detenidos para ser asesinados, el obispo Florentino Asensio, canónigos, sacerdotes diocesanos, religiosos y laicos.

Fue un escritor prolífico, escribiendo sobre temas locales y también nacionales. Con motivo de la proclamación de la segunda república, escribe un artículo en “El Cruzado Aragonés” titulado “Cambio de régimen en España”:

“La jornada era y ha sido decisiva. Aún hay quien no lo cree así y no salen de su asombro, a pesar de haberse anunciado a tambor batiente. Son los de siempre; los eternos durmientes y tranquilos hasta que las llamaradas del incendio prenden voraces en sus cosas y en sus intereses. El hecho es cierto. Se ha abatido la secular y tradicional Monarquía española y se ha proclamado en toda la nación la República. La Providencia del Señor tiene infinitos medios y escoge a veces senderos difíciles y pedregosos para conducir a los pueblos a través de la historia de la humanidad. Acatemos sus designios. Reflexionemos”.

Después de las quemas de iglesias y conventos en mayo de 1931, don Marcelino escribe un artículo ponderado, titulado “La “Segunda Semana” del Siglo”, en alusión a la Semana Trágica de 1909.

“Sufrieron, con preferencia, las iras de los incendiarios en 1909, como las han sufrido en 1931 los edificios de las instituciones religiosas dedicadas a obras de caridad y acción social cristianas, alcanzando en los últimos sucesos a más altas instituciones de la Iglesia Católica. (…) Tal vez echamos de menos un débil suspiro de condolencia por tanto desastre y pérdida de obras de arte y pedagogía, siquiera en correspondencia y relación a los entusiasmos artísticos y a las lágrimas que vertieron algunos periódicos cuando se denunció, aunque no fuera, más que el abandono o agrietamiento del capitel de alguna iglesia, convento o la venta legítima de un cuadro de dudoso mérito.

Condenamos enérgicamente, como siempre, todo atentado, toda perturbación del orden, en todo momento de la vida nacional, precisamente como contrario al ejercicio de la libertad” (16-V-1931).

En enero de 1932 escribe “Disolución de la Compañía de Jesús en España. Un triple error”, en el que cita numerosos artículos de la prensa nacional y los analiza. Concluye de esta manera:

“-Sacerdotes, religiosos todos de la Compañía que os dirigís al destierro contentos y alegres como los Apóstoles, yo os envidio y os admiro como os admiran y envidian los sacerdotes y religiosos del mundo entero, rogando por vosotros al veros desfilar disciplinados y obedientes hacia extranjeras naciones con el breviario en la mano y entonando resignadamente contentos... In exitu Israel de Aegypto, domus Jacob de populo barbaro...”(1).

El asalto al Seminario de Barbastro tuvo lugar la noche del 1 al 2 de agosto de 1933. El Cruzado Aragonés salió el día 5 de agosto. En él publica un extenso artículo don Marcelino Capalvo, del que entresacamos cuatro ideas. La primera: “El programa se cumplió al pie de la letra”. Es decir, había un programa desde hacía año y medio, que se había cumplido. Lo segundo: “La muchedumbre dirigida por el alcalde Sr. Sanz y algunos concejales”. Se incorporaran en un momento o en otro, es evidente que todo el proceso fue dirigido por la autoridad local, que no solo no impidió el asalto sino que lo lideró. Lo tercero: “Se esperaba el auxilio de la Guardia Civil. Se pidió, mas... no llegó. No había órdenes de auxilio”. Lo cuarto, la negación del Estado de Derecho: “Así se verificó poco más o menos el asalto al edificio Seminario Conciliar, propiedad de la Iglesia y Diócesis de Barbastro, de cuya propiedad, no ha habido hasta el presente momento, disposición del Gobierno en contra, ni resolución adversa del expediente en trámite tampoco, aunque se quiera decir lo contrario, del Seminario”(2).

Su último artículo se publicó el 18 de julio, el editorial con motivo del asesinato de José Calvo Sotelo, diputado nacional de Renovación Española, “Ya no hablará”. Ahí se lee: “Los muertos no hablan pero recuerdan, enseñan, castigan y algunos tienen el privilegio de ganar batallas. Fueron tales sus virtudes, sus gestos y su martirio que, aunque muertos a la vida material, son inmortales con otra vida mejor. Ya no hablará en el Congreso, porque se ha cumplido su profecía. “Como Dios no lo remedie, una buena mañana aparecemos asesinados””.

La detención de don Marcelino el 20 de julio

Don Marcelino fue detenido el lunes 20 de julio de 1936 y llevado a la cárcel municipal, donde ingresó a las 15′20 horas. A las 17 horas comienza el cerco de los Misioneros, realizado por sesenta escopeteros, que finaliza con la detención de todos y su traslado a la cárcel y al colegio de los Escolapios. Luego fue trasladado al convento de las capuchinas, la noche del 24 al 25 de julio, por temor a la columna de Ascaso, procedente de Barcelona. Esta, a su paso por Lérida y Monzón había arrasado todo y asesinado a múltiples personas. En esta columna anarquista llegó Ángel Samblancat y muchos de los presos detenidos, cuando lo reconocieron, se sintieron horrorizados. Don Marcelino lo conocía de su juventud y exclamó: -¡Samblancat! ¡Estamos perdidos! No hay nada que hacer”. A las pocas horas comenzaron los asesinatos en Barbastro.

A don Marcelino Capalvo lo sacaron de la prisión que se había instalado en el convento de las capuchinas, junto a otros sacerdotes, entre ellos don Félix Sanz –vicario general-, don Julián Sichar y sus hermanos Jorge y Jaime, Francisco Pascau Gil… Lo asesinaron junto a don Félix Sanz en el camino Real de Zaragoza, en el km. 49 y pocos metros después a los demás. Era el 6 de agosto. El P. Gabriel Campo recoge en su libro: “Se asesinó y probablemente se torturó antes, cortándole la lengua, a D. Marcelino Capalvo, canónigo y redactor de El Cruzado Aragonés” (3).

Una cruz, dedicada a don Félix Sanz, recuerda el lugar de su martirio. Ha sido respetada, a pesar de las obras de la nueva carretera. Ahí se lee: “Aquí ofrendó su vida junto a otros compañeros”. Uno de ellos, don Marcelino Capalvo (4).

(1) ECA, 30-I-1932.

(2) ECA, 5-VIII-1933.

(3) Gabriel Campo, “Esta es nuestra sangre. 51 claretianos mártires”. Agosto 1936, 1990, p. 153.

(4) Martín Ibarra, “Diccionario de la diócesis de Barbastro-Monzón”. Tomo I. “La diócesis en 1931-1936, Arciprestazgos y biografías”, 2014, pp. 317-321.

Fuente: ABC, La Razón, El Español,...

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