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Luciano Arcella

En su análisis de la novela (Roman und Dekadenz), Franz Altheim señala que esta forma muy particular de la literatura antigua presenta una especie de desorden estilístico, que corresponde a una época de profunda transformación de la sociedad y la política. Era una época en la que la civilización de la polis estaba llegando a su fin y la civilización alejandrina, concentrada en las grandes ciudades cosmopolitas, se estaba afirmando en imperios en proceso de expansión.

Desde Alejandría hasta Pérgamo y Roma, donde los antiguos ideales republicanos estaban desapareciendo, triunfaba una plebe urbana de orígenes compuestos, pero homogénea en su estilo de vida. En toda Grecia, la novela había reemplazado a todas las demás formas literarias canónicas, como son la épica y la tragedia. La antigua novela se formó por medio de la concurrencia de retórica sofística, poesía erótica, historiografía, géneros en los que todos los estilos se confundían y luego se unificaban en una nueva forma, testimoniando así la desintegración de unas viejas formas en contra de su especificidad.

Altheim define la novela como una "forma abierta", es decir, abierta a todos los estilos pero también a la experiencia de lo diverso, lo exótico y lo aventurero. El lugar de la novela ya no es la ciudad-estado con sus leyes y su moral inscritas en el mito, ni la pequeña comunidad donde un Sócrates todavía se movía casi como si deambulara en el patio de su propia casa, sino la tierra lejana, la mítica ciudad de Thule o el misterioso Egipto, tierra de muerte y resurrección (Isis-Osiris) o Etiopía, tierra amada por los dioses, un lugar idílico de reconciliación final.

Apertura, cosmopolitismo, desintegración

Si el tema fijo de todas estas novelas, y no sólo de las Etiópicas de Heliodoro, es el amor entre dos jóvenes que se enfrentan a fuerzas enemigas que provocan su separación, iniciando así una interminable y dolorosa peregrinación, todas ellas en realidad acaban expresando la nueva realidad cultural del fin del mundo antiguo. El fin de un mundo cerrado basado en la idea de la medida, que tiene como corolario la creación de vastos dominios cuyos centros son las ciudades cosmopolitas superpobladas, hablando una koiné derivada de todas las razas y todos los idiomas, costumbres y religiones. Dentro de estos nuevos agregados humanos, donde prevalece el elemento caótico, Altheim, siguiendo los pasos de Burckhardt, Nietzsche y Spengler, percibe los signos de una fase de decadencia que caracterizó al mundo griego, luego al romano, y que ahora regresa al mundo occidental, donde también se escriben novelas que evocan este estilo de vida abierto, a la vez cosmopolita y desintegrado.

En su Historia de la Religión Romana, Altheim señala, con referencia a Roma, cómo, desde el siglo II a.C., los cultos de origen oriental comenzaron a ser introducidos en la urbs. Al principio, estos cultos no gozaron de ninguna fortuna, porque el aparato estatal reaccionó violentamente; luego, en el período imperial, estos cultos encontraron sin embargo un terreno fértil. En estos cultos, cuyo prototipo es esencialmente el de Dionisio y Baco, sucede que la dignidad del ciudadano es pisoteada, y es en ellos donde el ciudadano pierde su mens [espíritu] cuando entra en estado de posesión (el poseído es considerado loco, demente). Estos cultos tendían a disolver la realidad religiosa en experiencias puramente individuales de naturaleza extremadamente emocional. En otras palabras, estas nuevas formas de religiosidad, frente a la romana, reflejan una realidad en la que prevalece ahora el individuo, lo patético y a todas las formas que en su momento se atribuyeron a los polos femeninos de la existencia.

Como Dionisio, el mundo oriental envió a Roma magos y caldeos de todo tipo, sectas mistéricas y nigromantes, todas los cuales exigían aventuras para el cuerpo y el espíritu, para animar así el nuevo tipo humano de las grandes ciudades. Este cambio del mundo antiguo a un bazar religioso oriental es, tanto para Altheim como para Spengler, el signo tangible de una era golpeada por la decadencia. Una decadencia que puede definirse de la siguiente manera: las expresiones parciales y personalizadas de la religiosidad tienen prioridad sobre una religión unitaria que podría definirse como olímpica en Grecia y majestuosa en Roma.

No nos detengamos a enumerar todas las formas que ha tomado esta decadencia religiosa que Spengler identificó en la era moderna y en la civilización occidental (donde una estructura social jerárquica está llegando a su fin y está surgiendo una comercialización general de todos los actos humanos como resultado del fenómeno del desarraigo). Observemos más bien las reacciones de todos estos "filósofos de la cultura" a estos fenómenos de decadencia y a los valores que proyectan dilatadamente en nuestro propio presente. Tanto Spengler como Altheim, así como otras eminentes figuras de la cultura alemana de los primeros decenios de nuestro siglo (de Jünger a Benn) que anunciaron la decadencia de Occidente, se situaron automáticamente en el muy heterogéneo tópico que es la Revolución Conservadora y se interpretaron, por desgracia, exclusivamente como reaccionarios nostálgicos y puramente conservadores y reaccionarios del pasado (cf. los análisis compilatorios de Mosse y la ecolalia "inspirada" de Jesi).

Por último, si son "revolucionario-conservadores", ¿por qué sólo se han explorado sus aspectos conservadores? ¿Cuáles serían entonces sus dimensiones revolucionarias? En efecto, si se esfuerzan por denunciar sistemáticamente un presente degenerado, si evocan constantemente la desintegración moderna, entonces no pueden, si se mantienen en este nivel crítico, resolver el problema del retorno a una tradición que no pudo desplegarse en la realidad actual. Nietzsche, en un estallido del romanticismo tardío puede haber pensado, por un momento, que Wagner se convertiría en el continuador de Esquilo; pero rápidamente se retractó. Pero ni Spengler ni Altheim se hicieron pasar por defensores de una aristocracia desaparecida o de una nueva oligarquía falsamente aristocrática. Al final, dedicarse a observar la decadencia no es un hacer juicio moral, sino que más bien indica un estilo de vida y una inversión de la civilización en la que se trabaja. En una fase histórica de este tipo, sería utópico y artificial querer volver al orden antiguo y volver a poner en su trono a los antiguos monarcas o en sus altares a los antiguos dioses olímpicos, sino actuar coherentemente, tomando decisiones precisas.

El estudio del pasado de Spengler y Altheim fascina y no asusta al erudito que se dedica a ello y se enfrenta a una época que –ciertamente- ha perdido su rumbo pero que, sin embargo, es alguien que trata de vivir nuevas experiencias, de crear nuevas formas de expresión, de buscar nuevas solidaridades. Al igual que el estudioso que mira hacia atrás, el que explora el presente como una fase de decadencia, se ve realmente atrapado en la observación de todas estas nuevas cristalizaciones y esta curiosa simultaneidad entre, por un lado, la total homogeneización del planeta y, por otro, la desintegración de un tipo humano "megalopolítico", ahora excesivamente confinado en guetos dentro de una multiplicidad de pequeñas esferas privadas, mas homologado en un estilo de vida colectivo. En este sentido, hoy más que ayer, escribe Altheim, la novela está en su apogeo, y es simultáneamente el producto y el tipo de autor, el novelista, que es característico de esta fase de nuestra civilización.

Rechazo del optimismo burgués

Es precisamente en este aspecto de la novela donde encontramos la dimensión verdaderamente revolucionaria del análisis de nuestros estudiosos, que han sido catalogados -un poco demasiado apresuradamente- como "conservadores"; pues pertenecen a una generación que se niega a reconocerse en el optimismo burgués, pero no se enroca en el sentimentalismo irracional, en la evocación pura y simple de símbolos desaparecidos. En términos más directos, digamos que un monarca está en su lugar cuando encaja en un marco de vida tradicional, es decir, en un estilo de vida tradicional; de lo contrario no es más que una caricatura.

Nuestro tiempo es un tiempo de nuevos magos y ciertamente también un tiempo de nuevas formas de religiosidad personalizada, donde se buscan nuevos caminos de salvación en un área donde toda orientación ha desaparecido. La solución es buscarnos a nosotros mismos en los nuevos estilos de vida que nuestra época permite, es decir, un estilo de auto-presencia, de ejercicio de nuestra propia responsabilidad, modelado en el anarquismo kantiano o nietzscheano, para que podamos encontrar nuestro propio ser más allá de toda aventura y metamorfosis.

En relación con estos valores básicos, para los que existimos, el mito nietzscheano parece ser capaz de responder a esta demanda de acción revolucionaria y conservadora al mismo tiempo. Este mito es conservador cuando evoca las exigencias de nuestra más lejana antigüedad, pero es simultáneamente revolucionario cuando se posiciona justo al margen de nuestro presente y escudriña el tiempo por venir. En otras palabras, esta actitud se traduce en el "eterno retorno", que al final no es más que una transposición a la escala cósmica del imperativo categórico kantiano, del que encontramos ecos en Spengler cuando habla del Wartsoldat (del centinela) o en el principio de persuasión del italiano Michelstaedter. Por supuesto, lo que proponemos aquí, con estos autores revolucionarios y conservadores, son soluciones individuales, bien adaptadas al desarraigo de las grandes metrópolis; pero es precisamente ahí donde reside toda su actualidad, su modernidad, por más que esté desprovisto de progresismo, su profunda moral en el sentido de que se alejan de toda vana nostalgia y, finalmente, su capacidad de evolucionar a través de los meandros de la ciudad-mundo, en la aventura cotidiana que debemos vivir bien, para salir incesantemente en busca de nosotros mismos.

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