Alfonso Delgado Rubio

Aunque estos días sigo con mis labores docentes como profesor universitario impartiendo clases online a mis alumnos y colaborando con mis colegas, me parece oportuno hacer unas reflexiones en relación con la crisis del COVID-19.

Tras escuchar el jueves pasado la rueda de prensa del ministro de Sanidad y el mitin que se marcó en la misma el vicepresidente segundo del Gobierno, me siento en la obligación de agradecerle a Salvador Illa el tono de su intervención, digno de un miembro del Gobierno del Reino de España.

Sin embargo le tengo que recordar al ministro que la reacción frente al COVID-19 ha sido tardía e incorrecta. Buena prueba de ello es que, en el momento de escribir estas líneas, Alemania tiene 22.360 infectados y 93 muertos, mientras que España va por 28.570 infectados hospitalizados -podría haber en torno a un millón de contagiados- y 1.720 fallecidos, y no olvidemos que Alemania dobla casi la población española.

¿Y esto por qué? Porque en Alemania se hacen pruebas diagnósticas a todos y en España solo a los ingresados. Como consecuencia de la inacción del Gobierno, cuyo máximo responsable es Pedro Sánchez, nos encontramos en una situación muy difícil que está generando mucho dolor, mucha ruina y, lo que es peor, muchos muertos.

El Ejecutivo no ha sido capaz de reaccionar y reconocer lo que estaba ocurriendo en otros países y tomar las oportunas medidas para frenar una infección con una tasa de transmisión especialmente elevada. Se permitieron actos públicos, algunos de ellos multitudinarios -como la manifestación feminista del 8 de marzo o el acto de Vox en Vistalegre ese mismo domingo, además de partidos de fútbol-, que han tenido consecuencias desastrosas al propiciar en Madrid y en toda España la transmisión masiva del coronavirus.

El que distintas lideresas de la izquierda estén infectadas -caso de Irene Montero o de Begoña Gómez, compañera y esposa, respectivamente, del vicepresidente y del presiente del Gobierno- es un ejemplo de la barbaridad que supuso haber permitido el 8-M.

Da la impresión, visto lo visto, que el machismo, comportamiento que hay que desterrar, no es más ruinoso ni más letal que el coronavirus, como afirmaban las pancartas que portaban muchas manifestantes. El miedo a desairar a los miembros comunistas del Gobierno impidió prohibir el 8-M, y estamos pagando las consecuencias con millares de infectados, de enfermos, de hospitales colapsados...

Ahora el presidente Sánchez pide ayuda, colaboración y lealtad, y la está teniendo por parte de una oposición sensata y responsable (PP, Vox, Cs y otros partidos minoritarios constitucionalistas) que está pensando, por encima de todo, en España y en los españoles.

Debería recordar hoy el PSOE cuál fue su comportamiento el 11-M, cuando España sufrió el mayor atentado de su historia. Porque aprovechó para hostigar cruelmente al PP, dando muestras de un sectarismo y odio muy alejados de la ayuda y cohesión que ahora solicita. Aquello permitió que Rodríguez Zapatero, promotor de muchas de las calamidades que nos afectan en la actualidad, llegase a la Moncloa. La situación económica a la que arrastró al país ocasionó, a la postre, un empobrecimiento del sistema sanitario público.

Afortunadamente esta crisis ha surgido cuando tenemos un gobierno socialista-comunista, porque si no, España estaría convertida en cenizas: habría ardido en el fuego provocado por los salvadores de la patria.

Sánchez ha prometido que va a disponer de 200.000 millones de euros para afrontar la crisis económica que provocará la pandemia. Pero una vez más nos preguntamos ¿dónde está esa astronómica suma de dinero?, ¿la va a pedir a los mercados incrementando nuestro colosal déficit?

Yo le rogaría que se limitase a dar ejemplo, que tanto él como su vicepresidente segundo guardaran la cuarentena, igual que hacen el resto de ciudadanos con un riesgo elevado de estar infectados.

El presidente también debería tener el valor de reconocer el esfuerzo que está realizando la sanidad privada, tan denostada por la izquierda y por buena parte del Ejecutivo. ¿Se imaginan si en este momento no se pudiera echar mano de los centros sanitarios privados? Falta ese reconocimiento y ese agradecimiento, pues se traslada la idea de que el único escudo que nos protege es el de la sanidad pública.

En estos momentos de preocupación, de tristeza, de inquietud, los socios de Sánchez en el Gobierno confiesan que se emocionan con las caceroladas contra el Jefe del Estado, a quien el presidente prometió lealtad. ¿No se dan cuenta de que el comportamiento de Felipe VI ha sido impecable al mismo tiempo que doloroso?

En cualquier caso, a pesar de tanta incompetencia e incapacidad, seguro que saldremos adelante. España es un gran país y una sociedad fuerte. Superaremos esta crisis.

*** Alfonso Delgado Rubio es catedrático de Pediatría y Puericultura.

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