Thierry Meyssan

Continuamos la publicación por capítulos el libro de Thierry Meyssan Sous nos yeux, ‎cuya edición ‎en español se titula De la impostura del 11 de septiembre a Donald ‎Trump. ‎Ante nuestra ‎mirada, la gran farsa de las primaveras árabes. En esta parte ‎veremos una Francia divida. Por un lado, el presidente Sarkozy se somete al juego ‎de los anglosajones y su rival gaullista obedece a los intereses de Qatar mientras que ‎dos ministros, aun siendo muy de derechas, se apoyan en el ex primer ministro libio Baghdadi ‎Mahmoudi para tratar de defender al pueblo libio. En ese momento de la verdad cada actor ‎se ve obligado a definir su posición, a pesar de sus temores. Muy pocos sabrán ‎mantenerse fieles a sí mismos. ‎

 

Correo electrónico confidencial dirigido al ministro francés de Defensa, Gerard Longuet, ‎con vista a un arreglo pacífico en la guerra contra Libia. Muammar el-Kadhafi se retiraría de la ‎vida política y varios miembros del gobierno garantizarían la continuidad del Estado. ‎El ministro Gerard Longuet menciona esta negociación el 10 de julio de 2011, en una emisión ‎de BFMTV.‎

22- La caída de la Yamahiriya Árabe Libia

Volvamos a la guerra. Francia es el país que más se implica en las operaciones ‎militares ‎contra ‎Libia, al extremo de realizar la tercera parte de esas operaciones, mientras ‎que ‎Estados Unidos ‎sólo realiza una quinta parte y el Reino Unido solamente una décima parte. ‎

Al inicio de las operaciones, sólo existe una simple coordinación entre los ejércitos ‎de ‎la coalición. ‎Pero, a partir del 31 de marzo de 2011, Washington impone el mando único ‎de ‎la OTAN. Las ‎fuerzas armadas francesas pasan así a verse bajo las órdenes del ‎almirante ‎estadounidense James ‎G. Stavridis y de sus segundos –el general canadiense Charles ‎Bouchard, ‎el general estadounidense ‎Ralph J. Jodice II y el vicealmirante italiano Rinaldo Veri. ‎Otros países ‎que no son miembros de la ‎alianza atlántica también se enrolan en la nueva ‎coalición ‎‎“a la carta”. ‎

Eso implica que el estado mayor francés no tiene conocimiento de la estrategia ‎general de ‎la guerra. Sólo sabe lo que se le ordena que haga y lo que la OTAN tiene a bien ‎comunicarle. ‎En todo caso, las fuerzas francesas implicadas carecen del equipamiento necesario y ‎no son ‎nada homogéneas, lo cual las hace extremadamente dependientes de la OTAN. ‎

Al inicio de la agresión contra Libia, Francia participa en la matanza perpetrada contra los ‎‎40 000 hombres del ‎ejército libio reagrupados junto a la ciudad de Bengazi, quizás por creer que ‎esa fuerza se ‎disponía a masacrar a la población. Durante los 5 meses siguientes, ‎Francia se limita a bombardear ‎los objetivos que se le asignan. Pero dispone de algunas fuerzas ‎terrestres que asumen la ‎coordinación con los sublevados. Francia tendrá así que acabar ‎reconociendo lo evidente y ‎admitiendo las verdaderas razones del desorden inicial en el seno de ‎la coalición: los sublevados ‎son pocos y se trata principalmente de miembros del Grupo Islámico ‎Combatiente en Libia (GICL), ‎o sea son hombres de al-Qaeda. ‎

El ministro francés de Defensa, Gerard Longuet, recibe informes muy precisos sobre ‎las ‎gigantescas manifestaciones contra la OTAN que responden al llamado de Muammar el-‎Kadhafi en ‎las regiones de Tripolitania y Fezzan. Basándose en esos informes, el ministro expresa ‎en ‎privado al presidente Sarkozy su oposición a la guerra [1]. A él se une el ministro del Interior y ‎ex ‎secretario general de la presidencia de la República, Claude Gueant, quien tiene todavía más ‎información ‎sobre el asunto. Un tercer responsable, el director central de la seguridad interna, ‎Bernard ‎Squarcini, les aporta su apoyo. ‎

El 29 de marzo, el Reino Unido y Francia organizan en Londres una reunión con sus ‎principales ‎aliados. Allí se decide que los salarios que se pagan a los miembros del Consejo ‎Nacional de ‎Transición libio saldrán, a través del Libyan Information Exchange Mechanism ‎‎(LIEM), de los fondos ‎libios congelados. Esta decisión viola doblemente el Derecho Internacional, ‎que prohíbe a los ‎Estados inmiscuirse en un conflicto nacional mediante el pago de salarios a ‎los opositores –estos ‎últimos, al recibir pagos de potencias extranjeras, tendrían incluso que ‎ser considerados espías. Y, ‎por supuesto, el Derecho Internacional también prohíbe que ‎los Estados utilicen en beneficio ‎propio los fondos congelados de otro Estado. ‎

Es sólo en ese momento cuando Nicolas Sarkozy se entera de la dimensión del tesoro de Libia: ‎‎150 ‎‎000 millones de dólares, entre los que se cuentan 143 toneladas de oro y casi la misma ‎cantidad de ‎toneladas de plata. Rápidamente, el ministro del Interior Claude Gueant es autorizado ‎a enviar un ‎ex director de la Policía Nacional, el prefecto Edouard Lacroix, a ofrecer a Kadhafi un ‎cómodo ‎retiro en Francia a cambio de una parte de ese tesoro. ‎

 

El director general del Fondo Monetario Internacional, el francés ‎Dominique Strauss-Kahn, es arrestado en Nueva York cuando se disponía a partir hacia Berlín, ‎desde donde debía viajar a Trípoli, la capital libia. Finalmente, el fiscal estadounidense ‎abandonará los cargos en su contra.

Las cosas se complican el 14 de mayo con el arresto en Nueva York del director general del ‎Fondo ‎Monetario Internacional (FMI), el francés Dominique Strauss-Kahn. ‎

La neutralización de su rival socialista –candidato más que probable a la elección presidencial ‎a la cual Sarkozy planea presentarse en busca de un segundo mandato– es una buena noticia ‎para el‏ ‏ocupante del palacio del Elíseo, quien se entera además de otra cosa que refuerza ‎su deseo de ‎sacar el máximo provecho personal de la guerra contra Libia. En el momento de ‎su arresto, ‎Strauss-Kahn se disponía a viajar a Trípoli, pasando por Berlín, y tenía previsto ‎reunirse con ‎Muammar el-Kadhafi, en compañía de un colaborador de Angela Merkel. En el ‎encuentro iba a ‎hablarse de las experiencias monetarias de Libia –cómo vivir sin utilizar el dólar ‎estadounidense ni ‎el franco CFA ‎. Después del encuentro, estaba previsto que lo conversado ‎en Trípoli se informara ‎en la reunión del G8 que tendria lugar, días después, en la ciudad ‎francesa de Deauville. Es evidente que ‎Strauss-Kahn ha caído en una trampa preparada ‎por gente muy conocedora de sus antecedentes. ‎Sus abogados corren a Tel Aviv en busca de ‎ayuda, pero no hay nada que hacer. Los partidarios del ‎complejo militaro-industrial se imponen ‎nuevamente ante los del dinero apátrida [2]. ‎

En momentos en que progresan las negociaciones secretas franco-libias, ‎el subsecretario ‎de ‎Estado estadounidense Jeffrey Feltman interviene desde Washington y ‎ordena a París ‎poner fin a ‎esos contactos.‎ ‎ ‎ ‎

Nicolas Sarkozy, David Cameron y el emir Al-Thani crean un nuevo ‎banco ‎central “libio” y una nueva ‎compañía petrolera que trabajará con la compañía petrolera ‎francesa ‎Total y con la británica BP. ‎El Consejo Nacional de Transición libio recibe autorización ‎para vender ‎el petróleo libio en el ‎mercado internacional, bajo el control de Qatar, y quedarse ‎con ‎los ingresos. El mero interés por ‎la obtención de ganancias es tan grande que nadie espera ‎a ‎que termine el conflicto. En carta ‎dirigida al emir de Qatar, el Consejo Nacional de ‎Transición ‎confirma que atribuye a Francia un 35% ‎del crudo, cuota directamente ‎proporcional a la ‎participación francesa en los bombardeos de ‎la coalición internacional contra ‎el pueblo libio.‎

Después de lograda la separación de Cirenaica del resto de Libia y ya reiniciada la ‎explotación ‎de ‎su petróleo, nada significativo sucede en el terreno. Los habitantes de Bengazi –‎‎al ‎considerarse nuevamente independientes– no sienten interés por el futuro de ‎las otras ‎dos ‎grandes regiones libias: Tripolitania y Fezzan. ‎

Durante los 5 meses siguientes, varias personalidades francesas viajan a Libia. Entre ellas ‎están ‎los ‎abogados Roland Dumas y Jacques Verges, quienes proponen a los libios asumir la defensa de ‎sus ‎intereses para levantar el congelamiento ilegal de los fondos libios en Francia, ‎que suman ‎‎400 ‎millones de euros. Roland Dumas y Jacques Verges exigen un pago proporcional ‎a esa suma y ‎se ‎van de Trípoli con 4 millones de euros en dinero contante y sonante, obtenidos ‎como ‎pago ‎adelantado. Luego envían por fax al ministro francés de Exteriores, Alain Juppé, ‎un ‎texto ‎solicitándole que precise las razones del congelamiento de los fondos libios. La caída de ‎la Yamahiriya ‎Árabe ‎Libia se produce en agosto, así que Roland Dumas y Jacques Verges ‎nunca llegarán a realizar ‎el ‎trabajo tan ampliamente remunerado por la Libia de Kadhafi.‎

Otro abogado francés, Marcel Ceccaldi, acepta asumir la representación legal del libio Khaled al-‎‎‎Hamedi. La esposa y los hijos de Khaled al-Hamedi fueron asesinados por la OTAN durante ‎un ‎bombardeo ‎selectivo, cuyo objetivo era presionar al padre de Khaled, hijo de un ‎conocido ‎compañero de ‎armas de Kadhafi [3]. Este abogado inicia también varios ‎procedimientos ante los ‎tribunales ‎internacionales africanos para obtener por esa vía varias ‎decisiones favorables antes ‎de dirigirse a la ‎ONU. Después de la caída de Libia, Ceccaldi ‎se convierte en consejero del jefe ‎de la oficina del ‎Guía y negocia la suspensión de las acciones ‎legales iniciadas contra este ‎a cambio de que no ‎publique las grabaciones de las conversaciones ‎sostenidas con Ziad ‎Takieddine durante las ‎negociaciones y el pago de la campaña electoral de ‎Nicolas Sarkozy. ‎Aun siendo también un ‎aventurero, el abogado Ceccaldi respeta ‎escrupulosamente sus ‎compromisos, incluso después de ‎la caída de la Yamahiriya.‎

 

Dominique de Villepin también tratará de obtener beneficios ‎personales. ‎Junto a su amigo Alexandre Djouhri, de Villepin (a la izquierda en la foto) trata de ‎obtener una reunión con Kadhafi, pero no como ‎ex primer ministro francés sino en nombre ‎del emir de Qatar.

Por su parte, el ex primer ministro francés Dominique de Villepin viaja a Jerba (Túnez) y ‎solicita ‎ser ‎recibido en Trípoli. De Villepin está ejerciendo nuevamente como abogado y ‎representa al emir de Qatar. ‎Lo ‎acompaña un amigo del presidente Sarkozy, Alexandre Djouhri, ‎quien ya había ‎servido ‎antes de intermediario ante Libia. De Villepin es portador de una ‎proposición de ‎rendición ‎a cambio de un salvoconducto para Kadhafi y su familia. Trípoli envía ‎emisarios para ‎recoger ‎información sobre la propuesta pero de Villepin y su acompañante ‎no son finalmente ‎autorizados ‎a entrar en Libia. ‎

En lo que me concierne, luego de recibir una invitación de la hija del Guía, Aisha Kadhafi, yo ‎viajo ‎a ‎Libia para ver con mis propios ojos lo que sucede en el país. Después de haber oído a ‎Fidel ‎Castro ‎hablar con admiración de Muammar el-Kadhafi, y sabiendo que el Comandante ‎de ‎la Revolución ‎Cubana no es hombre que hable a la ligera, yo tenía la impresión de haber ‎sido ‎manipulado en ‎contra del Guía libio. Cuando llego a Libia compruebo que los barrios ‎de Trípoli ‎que el Consejo de ‎Derechos Humanos de las Naciones Unidas describía como arrasados ‎por la ‎aviación libia nunca fueron bombardeados. Observo que el derecho internacional favorece ‎a la ‎Yamahiriya y ‎redacto un plan para dar a conocer la verdad y salvar el país en el ‎plano ‎diplomático. Pero el jefe ‎de los servicios secretos, Abdullah Senussi, está convencido de ‎que soy ‎un espía. Así que me hacen ‎esperar, para tener tiempo de verificar mi ‎currículum. ‎Francia envía entonces una falsa ‎delegación de respaldo a Libia, cuyos miembros son ‎todos ‎‎“militantes” provenientes de… los ‎servicios de inteligencia. Estos presentan un expediente ‎sobre ‎mi oposición al acuerdo que Libia ‎había concluido con la administración Bush –‎duras ‎declaraciones que nunca escondí y que habían ‎motivado la invitación de Aisha Kadhafi ‎a venir a‏ ‏Libia para que pudiera ver los hechos por mí mismo. El ‎resultado es lo contrario de ‎lo que ‎esperaban los agentes: el ministro libio de Exteriores, Mussa Kussa, ‎acaba de desertar –‎‎pasándose al bando de los británicos– y Muammar el-Kadhafi me incorpora ‎a ‎su gobierno, ‎confiándome la tarea de negociar varias alianzas y de preparar la participación ‎de la ‎Yamahiriya ‎en la Asamblea General de la ONU –en septiembre. Como me niego a que ‎me paguen ‎por lo ‎que considero una acción de carácter político, se decide que si logro que ‎la ONU declare ‎ilegal ‎la intervención de la OTAN, dirigiré la redacción de un canal de televisión ‎en inglés, ‎cuyo ‎equipamiento se compra en Malta, y que estará bajo la presidencia de Khaled ‎Bazelya. ‎A pesar de todo, ‎sólo dispondré de un poder muy relativo ya que Muammar el-‎Kadhafi ‎sigue negociando, por otra ‎vía, con Israel, Francia y Estados Unidos. ‎

Gran parte del gobierno libio ha desertado. Sólo quedan 6 ministros, 2 de ellos ‎personas ‎realmente ‎incapaces. Y las posiciones de esos personajes, a pesar de lo que aparentan, ‎son ‎en realidad poco ‎claras. Otros, como el ministro del Petróleo, Chukri Ghanem, ‎simulan ‎desertar para poder viajar ‎nuevamente a Europa y desbloquear fondos libios.

Todos desconfían ‎de todos. Sospechoso de ‎haberse pasado al enemigo, el ministro Abdul Ati ‎al-Obeidi es ‎arrestado y torturado por orden del ‎jefe de los servicios secretos, Abdullah Senussi. ‎Al cabo de ‎todo un día de torturas, Senussi se da ‎cuenta de su error. Consciente de que ‎aún puede tratar de ‎salvar a su pueblo, el ministro retoma ‎heroicamente su trabajo, renqueante ‎y adolorido, pero ‎sin quejarse.‎

Al igual que su Guía, la Yamahiriya Árabe Libia carece de una política de alianzas. Al inicio ‎de ‎la ‎agresión, Libia no tiene más amigos que unos pocos Estados africanos –como Sudáfrica–‎‎ ‎más ‎Cuba, Siria y Venezuela. Es traicionada por la Rusia de Dimitri Medvedev –‎entonces ‎presidente–, lo cual provoca una enérgica reacción del embajador ruso en Trípoli, ‎Vladimir ‎Chamov [4] –quien ‎acabará ‎siendo ‎depuesto por Moscú– y del primer ministro Vladimir Putin, quien se halla ‎a la espera de que llegue ‎su ‎momento. China, país con el cual la Yamahiriya tiene una importante ‎divergencia en el ‎Cuerno ‎Africano, se niega a tomar partido sobre el tema libio. Parte de los ‎antiguos aliados de ‎la ‎Yamahiriya incluso le vuelven la espalda, como el presidente de Senegal, ‎Abdoulaye Wade. ‎A pesar de haber recibido por mucho tiempo múltiples atenciones de parte ‎de Kadhafi, ‎el presidente Wade ‎es el primero en condenar al Guía libio y en hacerlo saber ‎públicamente. ‎

‎En aquel momento, yo temo que el caso del imam Moussa Sader, ‎desaparecido ‎en Libia o en Italia ‎en 1978, dificulte un acercamiento a los chiitas. Pero no será ‎así. A pesar de ‎las declaraciones ‎públicas de los dirigentes libaneses, parece que hay dudas sobre ‎la verdadera ‎personalidad de ‎Moussa Sader, fundador del movimiento chiita Amal, el Movimiento ‎de los ‎Desheredados –hoy ‎bajo la presidencia del millonario Nabih Berri–, y considerado ‎como ‎el hombre que sacó a los ‎chiitas libaneses de su antigua condición. Pero algunos consideran ‎que ‎Moussa Sader era un espía del shah de ‎Irán, lo cual puede haber contribuido a la escisión ‎entre el ‎Hezbollah y su partido. ‎ ‎ ‎

Yo doy gran importancia al restablecimiento de los vínculos entre la Yamahiriya e Irán, ‎que ‎acepta ‎recibir una delegación libia de muy alto nivel, y con la Resistencia libanesa. Entre ‎los ‎periodistas ‎presentes en Trípoli veo a la fotógrafa estadounidense Tara Todras-‎Whitehill. ‎Conocedor ‎del papel que esta mujer había desempeñado por cuenta del Mossad israelí ‎en el ‎asesinato del ex primer ministro ‎libanés Rafic Hariri, propongo retenerla en Trípoli, ‎informar ‎al Líbano y preparar su extradición ‎como muestra de buena voluntad. Fue un error de mi ‎parte: ‎Kadhafi, que prosigue sus contactos con los ‎israelíes, envía uno de sus hijos a negociar ‎con ‎Tel Aviv. Senussi se pregunta de nuevo si no sería ‎mejor encerrarme y Todras-‎Whitehill ‎me desafía cuando volvemos a encontrarnos. ‎

 

La célebre fotorreportera estadounidense Tara Todras-Whitehill ‎es ‎probablemente agente del Mosad israelí. Según la investigación del ex inspector alemán de ‎la ‎policía judicial, Jurgen Cain Kulbel, esta fotorreportera desempeñó un papel ‎central en el ‎asesinato del ex primer ministro libanés Rafic Hariri.

Ya para entonces, el Guía se sume en un universo irracional. Da albergue a una beduina ‎que ‎entra ‎en trance, y cree que los ángeles le hablan a través de esa mujer, quien ‎lo convence ‎de que todo ‎acabará bien. En cierto momento, Estados Unidos se retira del ‎conflicto tan ‎bruscamente como ‎antes lo había propiciado, sin explicación. Esa beduina y ‎su familia son la ‎expresión de un ‎profundo oscurantismo, que hace imposible toda discusión. ‎Cuando hago alguna ‎pregunta ‎ingenua, su padre me responde que «acepta hablarle al infiel» –‎o sea, hablar ‎conmigo– y que «eso ‎no le molesta». ‎

El 22 de junio, aviones franceses bombardean la antena transmisora de la televisión libia ‎en ‎el ‎preciso momento en que Yussef Shakir, periodista estrella y ex miembro de al-Qaeda, ‎me daba ‎la ‎palabra. ‎

Tratando de que la opinión pública extranjera sea testigo de lo que pasa en el país, ‎la ‎Yamahiriya ‎autoriza la prensa extranjera a cubrir la guerra. Cientos de periodistas del ‎mundo ‎entero llegan a ‎Libia para ver los daños causados por los bombardeos de la OTAN. ‎Sucede ‎entonces, en casos de ‎bombardeos fallidos –o sea, bombardeos que habían ‎afectado ‎edificaciones que no eran los blancos ‎seleccionados por la OTAN–, que siempre ‎se produce un ‎segundo bombardeo –más certero– ‎justo ‎‏después del paso de los periodistas. ‎Como no logra ‎identificar a los que están en contacto con la ‎OTAN, Kadhafi decide reunir a ‎todos los periodistas ‎extranjeros en el hotel Rixos, de donde sólo ‎podrán salir acompañados de ‎policías. Las oficinas ‎del vocero del gobierno, Mussa Ibrahim, están ‎también en ese hotel. Un día, ‎mientras el equipo ‎del vocero del gobierno está en plena ‎labor, todos sus ordenadores ‎son blanco de un ataque ‎informático. Los datos pasan a toda ‎velocidad por las pantallas, ‎los teclados no responden y ‎hay que cortar la electricidad para ‎interrumpir el ataque. Y ‎nuevamente es imposible determinar ‎qué “periodistas” son los ‎organizadores del ataque ‎informático. El jefe de los servicios secretos ‎libios, Abdullah Senussi ‎decide entonces recurrir a un ‎programa informático que había comprado a ‎una firma francesa y ‎que permite piratear todos ‎los mensajes que han pasado por una cuenta de ‎correo electrónico ‎desde su creación ‎penetrando en la memoria del servidor que los almacena. ‎Los resultados son ‎insólitos: ‎casi todos los periodistas –exceptuando los rusos, ‎los sudamericanos y el corresponsal ‎de la ‎AFP– son espías que trabajan principalmente para ‎la CIA estadounidense y para el MI6 ‎británico, ‎incluyendo a los franceses. Antes de venir a Libia, ‎y desde ordenadores que no traen ‎con ellos, ‎todos habían enviado y recibido por correo ‎electrónico expedientes de inscripción u ‎órdenes sobre ‎las misiones a realizar durante ‎su estancia en Libia. ‎

Los equipos de televisión se componen generalmente de 3 o 4 personas. El corresponsal ‎de ‎guerra ‎que aparece en pantalla está en contacto con la central del servicio de inteligencia ‎que ‎lo envía, a la ‎que proporciona información sobre los teatros de operaciones. La mayoría ‎ya ‎habían trabajado en ‎las guerras contra Afganistán e Irak antes de venir a Libia –a pesar de ‎las ‎apariencias, no son ‎numerosos. El equipo de televisión cuenta con dos técnicos que ‎garantizan ‎las grabaciones de ‎video y audio y que generalmente son miembros de las fuerzas ‎espaciales. ‎Para terminar, los‎‏ ‏equipos estadounidenses incluyen además un productor, que ‎en realidad es ‎un agente operativo ‎encargado de una misión específica. ‎

Los bombardeos diarios, aunque son en general extremadamente selectivos, dejan ‎siempre ‎numerosos ‎muertos y heridos: las llamadas «víctimas colaterales». Además, ciertos ‎blancos ‎se seleccionan ‎con objetivos realmente criminales, como lo hacen los delincuentes, ‎para intimidar a la gente y obligarla a aceptar la sumisión. ‎

La política se desarrolla en 3 hoteles: todos los dirigentes políticos, con excepción ‎del ‎Guía, ‎permanecen agrupados –para garantizar su seguridad– en el hotel Radisson ‎Blue; ‎los invitados ‎extranjeros son recibidos en el hotel Corinthia –convertido después en sede ‎del ‎gobierno ‎provisional, luego del derrocamiento de la Yamahiriya– mientras que ‎los periodistas ‎se ‎mantienen bajo vigilancia en el hotel Rixos, que acabará siendo parcialmente ‎destruido. ‎

La OTAN organiza una reunión secreta en el Joint Force Command, con sede en la ciudad italiana ‎de Nápoles. El representante de Francia en esa reunión no es su ministro de Defensa, Gerard ‎Longuet, contrario a la guerra, sino el ministro de Exteriores Alain Juppé. En 2004, el entonces ‎ya ex primer ministro Alain Juppé había sido condenado por el Tribunal de Apelaciones de ‎Nanterre, en París, a 14 meses de cárcel con suspensión de pena y un año de exclusión de todo ‎cargo electivo por haber utilizado su cargo en función de intereses personales. Este veredicto, ‎extremadamente clemente para alguien que había sido condenado en primera instancia a ‎‎10 años de exclusión de todo cargo electivo, lo llevó a abandonar Francia e irse a vivir por ‎un año en Quebec, Canadá. Pero en realidad, Juppé pasaba largas semanas en Washington, ‎donde su ambición lo lleva a convertirse en neoconservador. Interrogado sobre la presencia de ‎Juppé en la reunión de la OTAN en Nápoles, su personal del ministerio de Exteriores responde ‎que no pudo estar allí porque «se hallaba de vacaciones» en esa fecha.‎

Para crear en Libia el “ejército de liberación nacional”, Francia escoge a los generales Abdelfattah ‎Yunes y Khalifa Haftar. Hasta febrero, el general Yunes había sido uno de los camaradas de armas ‎más cercanos de Kadhafi. La DGSE francesa creyó haberlo hecho cambiar ‎de bando, pero en realidad Yunes seguía en contacto con Saif al-Islam Kadhafi, uno de los hijos ‎del Guía. Por su parte, el general Haftar había traicionado a su país durante la guerra en Chad. ‎Haftar trabajó para Francia y para Estados Unidos antes de huir e instalarse en Langley (Estados ‎Unidos), junto a la sede de la CIA. Yunes es arrestado, torturado, mutilado y asesinado a finales ‎de julio. Su cuerpo fue parcialmente cocinado e incluso también parcialmente devorado por los ‎asesinos. Aunque todos fingen ignorar lo que pasó con él, Yunes fue ejecutado –como resultado ‎de una trampa que le tendió Mustafá Abdel-Jalil– por los hombres de Abdelhakim Belhadj –‎miembro de al-Qaeda–, que conforman la “Brigada 17 de Febrero”.‎

Justo antes de iniciarse la reunión de la OTAN en Nápoles, un negociador enviado en secreto ‎por el presidente francés Sarkozy abandona Trípoli precipitadamente, en una lancha con motor ‎fuera de borda. Es porque se ha decidido poner fin a la cuestión libia de una vez y por todas. ‎La trampa se cierra y a partir de ese momento se hace imposible entrar o salir de Trípoli, ‎ya sea por aire, tierra o mar. Mientras tanto, el parlamento francés autoriza el ataque ‎contra Libia. En la Asamblea Nacional de Francia, donde aún se ignora lo que se trama entre bastidores, ‎el presidente del grupo sarkozysta, Christian Jacob, no vacila en rendir hipócritamente homenaje ‎a los militares franceses enviados a Libia:‎ ‎

“Esos soldados, a menudo muy jóvenes, se enrolaron para defender nuestro país y ‎sus valores, arriesgando sus vidas. Sabemos cuánto les debemos y toda Francia está ‎consciente del valor de su sacrificio.”

Aunque está revelando que esos militares franceses han sido enviados a otro país en el marco de ‎una guerra de conquista colonial, muy lejos de los valores republicanos de Francia, Christian ‎Jacob exclama, bajo una salva de aplausos de sus correligionarios: ‎

“La bandera francesa flota en Bengazi y eso es para nosotros fuente de inmenso ‎orgullo.”

Mientras yo explico a mis amigos que el Consejo Atlántico nunca autorizaría la OTAN a ir ‎más allá del mandato del Consejo de Seguridad de la ONU para bombardear Trípoli, Washington ‎pisotea los estatutos de la alianza atlántica. En lo que constituye una verdadera conspiración, ‎Estados Unidos reúne en Nápoles un «Comité de Defensa» secreto. Son invitados a ‎participar sólo los países más cercanos a Washington –Francia, Italia, Reino Unido y Turquía– y ‎algunos compinches de la región –Arabia Saudita, Israel y Qatar. Juntos, esos países definen ‎cómo van a utilizar los medios de la OTAN y poner al Consejo Atlántico ante hechos consumados. ‎

 

El estadounidense Walter E. Fauntroy (a la derecha en la foto, junto ‎al autor), compañero de lucha de Martin Luther King, testimonia haber visto personalmente ‎soldados regulares franceses y daneses decapitando libios junto a los yihadistas. Fauntroy será ‎inmediatamente acusado de estafa en su país y tendrá que huir a Dubai. Varios años después, ‎las acusaciones emitidas contra Fauntroy serán desechadas.

La lista de decisiones adoptadas en la reunión de Nápoles precisa los objetivos de cada unidad y ‎las fuerzas especiales francesas reciben orden de proceder a mi eliminación física. Al día siguiente ‎de la caída de Trípoli, los invasores distribuyen por toda la ciudad avisos de búsqueda con las ‎identidades de una quincena de libios y la mía. Junto a mis compañeros, logro pasar a través de ‎las mallas de la red gracias a varios países y personas –como Walter E. Fauntroy, ex miembro del ‎Congreso de Estados Unidos y ex asistente de Martin Luther King Jr.– entre las que se cuentan ‎equipos de la televisión francesa y de la televisión rusa que acaban de llegar. Ya de regreso en ‎Estados Unidos, Fauntroy atestigua que vio personalmente soldados regulares de Francia y de ‎Dinamarca decapitando libios junto a los terroristas de al-Qaeda. ‎

La toma de Trípoli es un diluvio de fuego que dura 3 días. Alrededor de 40 000 personas son ‎asesinadas en esos días, sin que se haga distinción alguna entre militares y civiles, reeditando así ‎la masacre que las tropas italianas habían perpetrado en 1911. Todos los puntos de control ‎instalados en los cruces de las principales arterias de la ciudad son bombardeados y los ‎helicópteros británicos sobrevuelan después las calles a baja altura ametrallando ‎indiscriminadamente todo lo que se mueve en tierra. Trípoli no fue defendida correctamente ‎porque el gobernador militar, previamente sobornado por la OTAN, había enviado los soldados a ‎sus casas justo antes del ataque. ‎

Durante la batalla final en Trípoli, Muammar el-Kadhafi se refugia en un bunker construido bajo el ‎hotel Rixos, el mismo hotel donde había concentrado a los “periodistas” extranjeros. Como ‎la presencia de estos últimos impide a la coalición atacar el hotel desde el aire, la brigada de al-‎Qaeda encabezada por el irlandés Mehdi al-Harati –un agente de la CIA que había participado en ‎la operación turca de la Flotilla de la Libertad hacia Gaza–, y bajo las órdenes de miembros de las ‎fuerzas especiales francesas, rodea el edificio, defendido por uno de los hijos del Guía, Khamis el-‎Kadhafi, y sus hombres. ‎

Al confirmarse la derrota, los miembros de la familia Kadhafi huyen a Sirte. Por mi parte, ‎después de reunirme con los Guardianes de la Revolución que la República Islámica de Irán había ‎enviado a rescatarme, logro huir hacia la isla de Malta en un pequeño barco que la República ‎Checa había fletado para la Organización Internacional para las Migraciones. Antes de nuestra ‎partida, mis compañeros y yo somos sometidos a cuidadosos registros sucesivamente por ‎hombres de la OTAN, de los Senussis, de la Hermandad Musulmana y de al-Qaeda. Las personas ‎que podrán partir en el barco son seleccionadas, de común acuerdo, por la OTAN –que acaba de ‎cambiar de opinión sobre qué hacer conmigo– y por los kadhafistas para que ambos bandos ‎les permitan cruzar las líneas de combate. A bordo del barco me encuentro tanto a la ex amante ‎de Saif al-Islam Kadhafi como a los miembros de las fuerzas especiales italianas que iniciaron ‎el conflicto disparando desde los techos de Bengazi sobre los manifestantes y también contra la ‎policía, el 16 de febrero de 2011. ‎

Ya en Sirte, el Guía negocia con israelíes su salida hacia Chad. Pero es una trampa. El 20 de ‎octubre, Kadhafi es capturado por hombres de las fuerzas francesas y de al-Qaeda, violado, ‎torturado y asesinado. ‎

La Yamahiriya ha dejado de existir pero, lejos de bajar sus armas, los “revolucionarios” libios –‎o sea, al-Qaeda– se ven entonces como antes, en Afganistán y en Yugoslavia, con el viento ‎completamente a su favor. ‎

23- Los yihadistas libios son enviados a Siria

Incluso antes de la caída definitiva de Trípoli, Estados Unidos concentra en el hotel Corinthia a ‎todos sus asalariados del Consejo Nacional de Transición libio y del mando de al-Qaeda en Libia. ‎Los servicios de inteligencia británicos se encargan de garantizar la protección del hotel, ‎mientras que los combates aún prosiguen en la ciudad, donde los cadáveres se amontonan en ‎las calles desiertas. El ex número 3 de al-Qaeda a nivel mundial, Abdelhakim Belhadj, es ‎nombrado gobernador militar de la capital libia. ‎

En Francia, el 26 de agosto, Alain Juppé declara al diario francés Le Parisien: ‎ ‎

“Cuando me preguntan sobre el costo de la operación –el ministerio de Defensa ‎habla de un millón de euros diarios–, yo señalo que también se trata de una inversión ‎para el futuro. Los recursos del país fueron confiscados por Kadhafi, que acumuló ‎grandes cantidades de oro. Ese dinero debe servir al desarrollo de Libia; una Libia ‎próspera será un factor de equilibrio para la región.”

El 1º de septiembre, una conferencia internacional relámpago oficializa, en París, el «cambio ‎de régimen». Pero se libera menos de una décima parte de los 50 000 millones de dólares de ‎los fondos libios congelados. Se ignora a dónde fueron a parar los otros 100 000 millones que ‎quedaban en el Tesoro libio. ‎

 

Después de haber causado 120 000 muertos, Nicolas Sarkozy y David ‎Cameron festejan su victoria en Bengazi. Pero, ¿es una victoria frente a Muammar el-Kadhafi, ‎contra Tripolitania o contra los libios?‎

El 15 de septiembre, Nicolas Sarkozy, Alain Juppé y Bernard-Henri Levy viajan a Bengazi con David ‎Cameron, rodeados de cientos de policías y militares franceses y británicos a cargo de ‎su seguridad. Allí los aclaman triunfalmente 1 500 personas cuidadosamente seleccionadas. ‎Estos personajes vienen a tomar posesión del petróleo que han conquistado. Tras una breve ‎alocución, el presidente Sarkozy anuncia que Francia no sólo está junto a Libia sino con «todos ‎los pueblos árabes que quieran liberarse de su jefe». Ya sólo piensa en atacar Siria y apoderarse ‎de sus colosales reservas de gas. ‎

El emir al-Thani, soberano de Qatar, puede frotarse las manos. La prensa internacional ‎lo celebra como gran defensor de la democracia, mientras que en Qatar él practica el ‎esclavismo –la llamada Kafala. La conquista de Libia le ha costado sólo 20 000 toneladas de ‎armas y 400 millones de dólares. ‎

Precisamente, al producirse el derrocamiento de la Yamahiriya Árabe Libia, grupos de pobladores ‎de Bengazi se dedican de inmediato a detener a los negros que no han podido escapar, los meten en jaulas y ‎los exhiben como animales. Resurge así la antigua tradición esclavista de los beduinos nómadas contra los pobladores negros sedentarios. ‎

 

Después de haber transformado Amnistía Internacional en una lucrativa ‎empresa de recogida de donaciones, Ian Martin se convirtió en representante especial del ‎secretario general de la ONU en Libia. El embajador de Rusia ante el Consejo de Seguridad, ‎Vitali Churkin, reveló que Ian Martin utilizó su cargo en la ONU para documentar como ‎‎“refugiados” a los yihadistas de al-Qaeda que habían luchado en Libia y trasladarlos a Siria.

En noviembre de 2011, el representante especial del secretario general de la ONU Ban Ki-moon y ex secretario general de ‎Amnistía Internacional, Ian Martin, organiza por vía marítima el traslado de 1 500 yihadistas de ‎al-Qaeda hacia Turquía [5]. Todos esos hombres, que viajan sin familias y armados, son oficialmente ‎‎“refugiados”. En realidad, se hallan bajo las órdenes de Abdelhakim Belhadj –quien sin embargo ‎conserva sus funciones en Trípoli– y de Mehdi al-Harati. Ya en Turquía, son enviados –en ‎autobuses fletados por el MIT (los servicios secretos turcos)– a Yabal al-Zuia, en suelo sirio. ‎Estos individuos constituyen la primera unidad del “Ejército Sirio Libre” (ESL), y responden a ‎un mando francés. Belhadj, cuya presencia en Siria es reportada por un periodista español del ‎diario ABC, quien lo reconoce personalmente en territorio sirio, vuelve a Libia en navidad. ‎Mehdi al-Harati creará entonces otro grupo armado, llamado “Liwaa al-Umma” (Brigada de la ‎Nación Islamica), para entrenar combatientes sirios. Ese grupo pasará de nuevo formar parte ‎del llamado Ejército Sirio Libre en septiembre de 2012. ‎

‎(Continuará)‎

NOTAS

[1] Pour la peau de Kadhafi: Guerres, secrets, mensonges: l’autre histoire (1969-2011), Roumiana Ougartchinska y Rosario Priore, Fayard, 2013.

[2] «Obama, la guerra financiera y la eliminación de DSK», por Thierry Meyssan, Komsomolskaya Pravda (Rusia), Red Voltaire, 26 ‎de mayo de 2011.

[3] «La masacre de Sorman», por ‎Thierry Meyssan, Red Voltaire, 2 de julio de 2011.

[4] «El embajador ruso en Trípoli acusa a Medvedev de traición en cuestión libia», Réseau Voltaire, 13 de abril de 2011.

[5] «Libia, los bandidos-revolucionarios y la ONU», ‎por Alexander Mezyaev, Strategic Culture Foundation (Rusia), Red Voltaire, 20 de abril ‎de 2012.

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