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Jad el Khannoussi

Parece que vientos cálidos arrecian sobre Turquía. Desde que su actual presidente Recep Tayyip Erdogan diera luz verde al proyecto “Canal de Estambul” (lo que en cierta ocasión se denominó “Proyecto relámpago”, posiblemente, una de las esperanzas nacionales de Turquía), las críticas, tanto internas como externas, no ha hecho más que aumentar. Una subida de la temperatura política que anticipa, aparte de la ola calor que se avecina, las próximas elecciones generales. Previstas para dentro de dos años, serán de las más decisivas celebradas hasta el momento en aquel país.

El 2023 significa además, la conmemoración de su centenario como nación. Será el momento de acometer los grandes objetivos trazados por el gobieno turco, que marcarán su devenir en el presente siglo, además de hacer frente a los innumerables retos y desafíos que se plantea Ankara en su aventura geoestratégica, cuya finalidad es sentarse en la misma mesa de las grandes potencias. Sea cuál sea la postura de unos y de otros, lo cierto es que el Canal de Estambul señalará un antes y un después, no sólo en el escenario político turca sino también en el equilibrio estratégico global. ¿Cuáles son las dimensiones reales de este proyecto? ¿Qué consecuencias pueden acarrear a escala global?

El primer asunto a destacar es que el citado proyecto no es una idea del actual presidente. Sus orígenes se remontan a los tiempos del sultán otomano Suleyman El Magnífico (1520-1566), a raíz de la iniciativa de su arquitecto Miamar Sanan, uno de los grandes del poderoso imperio otomano, que hasta su derrota en Crimea frente al imperio ruso indicaba las pautas a seguir de la política mundial. Las magnas obras e infraestructuras iniciadas por aquel entonces se interrumpieron, sin un motivo claro. Más tarde, el sultán Murad III (1574-1595) las retomaría. Al principio se mostró muy firme en llevar a término el sueño de su antecesor, no obstante, finalmente no lo pudo culminar. El ansiado proyecto volvería a salir a la luz hasta en cinco ocasiones más, pero todas las iniciativas emprendidas por cada sultan nunca se completaban. Con la Turquía nacida de los Tratados de Lausana (1923) el plano adquirió otra dimensión, sobre todo durante el periodo de entreguerras. La propuesta fue construir una presa que generara energía hidroeléctrica, pero el ambicioso proyecto turco nunca se llevó a la práctica por falta de financiación. Quedó archivado hasta el año 1994, cuando el candidato izquierdista Bulent Ecevit (quien posteriormente llegaría a la presidencia del gobierno turco) lo rescató durante su campaña electoral. La falta de recursos financieros se impuso como un obstáculo insalvable ante las expectativas generadas. La llegada del nuevo milenio ha modificado la situación. La Turquía de hoy resulta muy diferente a la de su más reciente pasado. Hablamos de una nación independiente, tanto en el plano militar como político y estratégico, a la que ya nadie impone lo que puede o no hacer. Desde que accedió a la presidencia del ayuntamiento de Ankara en 1994, Erdogan no cesa en su empeño por retomar el antiguo proyecto. La propuesta empezó a hacerse efectiva a partir de 2009, cuando comenzaron los estudios para detallar su diseño. Años más tarde, concretamente en 2017, ya empezó a vislumbrarse que esta vez sí existe el firme propósito de hacer realidad el sueño turco de hace tantos siglos, que culminará en torno al año 2025.

El proyecto, cuya financiación ronda los 15 mil millones de dólares (unos 75 mil millones de liras turcas), tiene como principal objetivo establecer un corredor de agua paralelo al Estrecho de Bósforo, que une al Mar de Mármara con el Mar Negro, dividiendo el territorio europeo de la ciudad en dos partes, convirtiendo a la oriental de  Estambul en una especie de isla en medio del continente asiático y europeo. El futuro canal tendrá un corredor de 45 kilómetros, 150 metros de ancho y alrededor de 25 metros de calado. Entre los principales objetivos de su construcción está el reducir cualquier posibilidad de colisión entre buques, conociendo el dato de que anualmente lo cruzan alrededor de 45 mil tripulaciones, una cifra que se prevé crezca hasta los 65 mil en 2023 y 100 mil en torno a 2050. El aumento hará que exista un tráfico cada vez más denso en el Bósforo, sin olvidar que a día de hoy la mayoría de barcos, aparte de los indudables riesgos, tardan veinticuatro horas en cruzar el canal. Y en economía, cada hora resulta vital. Cabe apuntar que a pesar de esta tensa circulación marítima por el Bósforo, Turquía no se beneficia de los aranceles, debido a que permanece sometida a los acuerdos de la Convención de Montreux (1936). Todo lo contrario que el proyectado canal, el cual supondrá una fuente de ganancias para el gobierno turco que oscilará alrededor de los 8 mil millones de dólares. Por tanto, el proyecto aumentará la capacidad de Ankara para competir económicamente a nivel mundial, y la polarización comercial transformará el mapa del transporte terrestre. Un hecho que consolidará la presencia turca en el escenario internacional y revalorizará sus opciones geoestratégicas.

A pesar de tan prometedor futuro, ya han surgido voces discordantes en el país otomano. La oposición, desde el primer momento, calificó dicho proyecto como un asunto de locos, por los supuestos daños medioambientales, económicos y estratégicos que causarán a Turquía. Además, la construcción del canal viola -según las voces discordantes- siete acuerdos internacionales, el más importante, la Convención de Montreux, el tema que más preocupa a los países del entorno, en especial Rusia. No olvidemos que los pasos marítimos fueron uno de los dilemas que más avivó los conflictos entre rusos y otomanos. Gracias a dicha Convención se mantuvo la estabilidad durante más de ocho décadas en el Mar Negro, una de las zonas más conflictivas en la actualidad. El aumento de la corriente opositora a la construcción del canal guarda una estrecha relación con la cercanía de las elecciones generales y la creciente popularidad del presidente Erdogan. Desde el Kremlin contemplan el proceso con gran inquietud, al menos, así se pronosticaba antes del último encuentro entre los respectivos ministros de Exteriores, Lavrov y Çavuşoğlu, celebrado el pasado 30 de junio en Antalya. Moscú considera que el Canal de Estambul puede otorgar una autoridad exclusiva para controlar el tráfico marítimo, además de permitir el paso de los buques de guerra de la OTAN al Mar Negro. Una ventaja que se antoja decisiva en la actual escalada de tensiones entre Occidente y Rusia, y que provocará que tan codiciadas aguas queden bajo el mando de la OTAN, sobre todo si Georgia o Ucrania se incluyen en la Alianza Atlántica, un suceso aún inimaginable (al menos, a medio plazo) porque puede desencadenar un conflicto a gran escala. En este contexto bélico se puede entender la última distensión entre Ankara y Washington, cuando la Casa Blanca suavizó su agresivo lenguaje emitido contra Turquía y Erdogan. Lo mismo podemos afirmar de Europa, cuyo mejor ejemplo lo constatamos en el silencio de Alemania (no así de Grecia) ante la compra de submarinos por parte de Turquía. Y por encima de todas las discrepancias se encuentra el tema de la admisión de Turquía en la Unión Europea, que algunos Estados miembros vaticinan que jamás ocurrirá. Ello no implica la ausencia de críticas, formuladas como simples preocupaciones geológicas y medioambientales.

Asistimos a una sucesión de maniobras políticas y diplómaticas a dos bandas. Tanto Occidente como Ankara saben que el silencio de unos o los intentos de convencer de los otros, no son más que momentáneos acuerdos, disfrazados de fuertes rechazos y mutuas desconfianzas. La élite turca  todavía no ha olvidado la fatídica noche del 16 de julio de 2016, el fallido golpe de Estado, y quiénes estaban implicados. Quizás algún día se vuelva a repetir. Lo que sí resulta evidente son las maniobras en la sombra de la nueva administración norteamericana, sufragando a golpistas débiles, que muchos ya contemplan en algunas partes Centroamérica, sin descuidar la financiación a grupos militares kurdos, además de mantener la caótica situación en el norte de Siria, una zona vital para la seguridad nacional turca. En esta coyuntura, no sorprende que el ex primer ministro turco Necemettin Arbakan afirmara que cualquier crisis en Siria persigue como objetivo desestabilizar a Turquía.  El último asedio a Ankara se intentó desde los Balcanes hasta el Asia Central, pero los turcos lograron romper el cerco, incluida una posible confrontación bélica con Rusia, cuyo punto álgido fue el derribo en 2015 de un avión militar ruso. Posiblemente, la prudencia de los rusos impidió el inicio de una guerra abierta, un feroz conflicto donde ambas partes hubiesen salido perdiendo. Aparte, los estrategas turcos saben que la militarización completa del Mar Negro no sólo supone una amenaza para Moscú, sino que además convierte a Ankara en un objetivo primordial. Desde este presupuesto podemos entender la negativa turca a permitir el paso de los buques de Guerra por el citado mar durante la crisis de Georgia.

Por tanto, el clima de mutua desconfianza siempre reinará entre Turquía y Occidente. Los simulacros de la diplomacia turca con Washington se realizan para evitar mayores sanciones económicas, conociendo el daño que éstas provocarían a un país que no atraviesa por una época de esplendor, debido entre otras cuestiones a las terribles consecuencias del Covid-19. Por su parte, la Casa Blanca intenta impedir un acercamiento definitivo entre Moscú y Ankara, un proyecto que todavía está muy lejos de hacerse realidad, a pesar de los fuertes lazos económicos que ambos países han ido tejiendo durante el último lustro. Si finalmente llegara a producirse, una alianza ruso-turca supondría un golpe muy duro para la OTAN, facilitaría a Rusia su asentamiento en el Mediterráneo, y por consiguiente, la posibilidad de asediar la frontera sur de la Alianza Atlántica. Por el momento, la realidad geopolítica obliga a los dos países de la orilla del Mar Negro a un entendimiento. Porque si en algo están todos de acuerdo es en poner fin a la hegemonía global norteamericana.

De momento, Pekín sería la más beneficiada del futuro Canal de Estambul, pues el país anatoliano es uno de los pasos obligados en la nueva Ruta de la Seda, la cual vincula a China con Europa, a través de Georgia, Azerbaiyán y el Mar Negro. El nuevo canal facilitará ahorrar 2.000 kilómetros de travesía, es decir, una reducción en quince días de los viajes. Supondrá un golpe decisivo a la influencia emiratí en los puertos de Yemen y la competencia comercial turca aumentará. En este sentido, se comprende el acercamiento entre Abu Dabi e Israel o Chipre, buscando posicionarse frente a Ankara. Lo mismo que en su día se llevó a cabo contra el proyecto de Morsi en Egipto, un nuevo Canal de Suez, que aceleró su derrocamiento. Hay que destacar que tanto Pekín como Ankara llevan desde el año 2016 trabajando para consolidar una red de comunicación que vincule a ambos países a través del Caúcaso. Al mismo tiempo, Turquía se unió al proyecto de crear un banco asiático (con un fondo de 100 mil millones de dólares), participando con un alto porcentaje (6,2 mil millones de dólares).

En defintiva, el ambicioso proyecto turco no sólo recompensará al país otomano con grandes beneficios económicos o estratégicos. Además, lo convertirá en una potencia a nivel regional que le permitirá aprovecharse de las contradicciones internacionales, en especial, las surgidas entre Washington y Moscú, que hasta el día de hoy ha sabido gestionar muy bien. ¿Marcará el Canal de Estambul el principio de una nueva era? Quién sabe. Si buceamos en las entrañas de la historia, desde los tiempos faraónicos constatamos –acorde con el profesor Moataz Ali- cómo los grandes momentos de transformaciones globales iban acompañadas de la construcción de nuevas vías terrestres y canales marítimos. Sin ir demasiado lejos, la ruta portuguesa por Ciudad del Cabo liberó a Europa del asedio del mundo árabe. Siglos después, el Canal de Suez permitió a los ingleses controlar la totalidad del comercio hacia la India. Desde una perspectiva histórica podemos entender mejor el sabotaje norteamericano al intento chino de construir una serie de canales en Tailandia o Nicaragua, o el nuevo intento ruso de crear una ruta por el Ártico ante el proyecto norteamericano de asentarse en Groenlandia.  El tiempo será el único juez que confirmará o negará nuestras hipótesis. Lo cierto es que las tensiones aumentarán en el este del Mediterráneo y el norte Siria, entre otras regiones, con el fin de intentar frenar el creciente ascenso turco.

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