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Manuel P. Villatoro

El divulgador histórico Rubén Villamor (Palma de Mallorca, 1987) está convencido de que Irán ha sido apartada de los libros de la Segunda Guerra Mundial. Y no le falta razón. Algunos de los grandes maestros del conflicto tan solo le han dedicado unas pocas páginas en sus extensísimas obras. Hojas en las que se limitan a narrar, de forma más que sucinta, su invasión por Gran Bretaña y la Unión Soviética en 1941. En cierta forma es entendible; o eso cree. Y es que, la hambruna provocada por los aliados sacudió de tal forma a la sociedad y costó tantas vidas al país que grandes líderes como Winston Churchill o Iósif Stalin prefirieron barrer bajo la alfombra lo sucedido.

En parte, lo consiguieron.

Pero la realidad es que la verdad siempre despunta. Por ello, Villamor presenta estos días su nueva obra: Eso no estaba en mi libro de la Guerra del Pacífico’ (Almuzara, 2021). Un ensayo en el que ha recabado y analizado hechos pocos conocidos relacionados con este teatro de operaciones. Y entre ellos, como no podía ser de otra forma, se hallan la conquista aliada de Irán y las posteriores hambrunas y pandemias que sufrió la región por culpa de británicos y soviéticos. El resultado fue tan triste como olvidado: entre tres y cuatro millones de fallecidos. Así lo explica el propio Villamor, autor también de una decena de obras relacionadas con la Segunda Guerra Mundial y propietario del veterano dominio Eurasia1945’, a este diario.

Lo que tampoco olvida el divulgador histórico es que, desde el punto y final de la Segunda Guerra Mundial, la controversia ha acompañado a un país que se consideraba germanófilo en los años treinta del pasado siglo. Valga como ejemplo que Mahmud Ahmadineyad, presidente entre 2005 y 2013, defendió siempre el bulo de que el Holocausto era un mito forjado por los Aliados. Y eso, por no hablar del conflicto latente que todavía existe entre la región y Estados Unidos. En su obra, no obstante, Villamor dedica un capítulo a poner en contexto este episodio y obvia la política actual. El resto de la obra, como no podía ser de otra forma, abarca diferentes aspectos de la Guerra del Pacífico como la conquista de Alaska por Japón o el papel de los comandos nepalíes que combatieron por el ejército nipón.

Invasión

El germen de esta historia hay que buscarlo en las diferencias políticas que afloraron tras la Primera Guerra Mundial entre británicos y persas. La tensión, palpable desde que se acallaran los cañones, se recrudeció todavía más cuando ascendió hasta la poltrona del país Reza Pahlavi. «El nuevo monarca se atrevió a hacer lo que no habían hecho sus antecesores: plantar cara al Reino Unido», explica Villamor en su obra. Los ingleses, que anhelaban ver a la región como un estado vasallo, montaron en cólera cuando el nuevo líder se mostró partidario de las políticas del Tercer Reich. «Hasta tal punto llegó, que el sah modificó en 1935 el nombre de su propia patria, Persia, por el de Irán, que en su idioma significa ‘país de arios’».

A pesar de ello, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial Irán se declaró neutral. Al menos sobre el papel, ya que, en la práctica, y tal y como afirma el ‘United States Holocaust Museum’ (USHM), tenía intención de reducir el comercio con la Unión Soviética y aumentar las importaciones y exportaciones con el Tercer Reich. Algo curioso si se tiene en cuenta que Hitler se había referido a las regiones árabes en múltiples ocasiones como una «coalición de lisiados» de la que no podía fiarse.

Más allá de las causas que motivaron el acercamiento hacia el aguilucho nazi, lo cierto es que, para 1941, los Aliados ya habían fijado el territorio como uno de sus objetivos prioritarios debido, en primer lugar, a la situación estratégica del país. «Tras la Operación Barbarroja y la debacle del Ejército Rojo en Bielorrusia, Ucrania, los países bálticos y el oeste de Rusia, la única opción de ayudar a los soviéticos era abriendo un corredor desde los dominios coloniales británicos en Mesopotamia y el Cáucaso a través de Persia», añade el español. Huelga decir que la posibilidad de hacerse con los pozos petrolíferos de Irán terminó de redondear la operación para Winston Churchill y Iósif Stalin. Solo era cuestión de tiempo: los tambores de guerra resonarían en Medio Oriente.

La invasión no se retrasó demasiado. El 25 de agosto de 1941, los ejércitos soviéticos y británicos atacaron Irán desde diferentes puntos. Lo hicieron desde la vecina Irak y con nada menos que 200.000 hombres, 1.000 carros de combate y un potente contingente de aviación. «Aquel acto constituyó el crimen contra la paz más grave cometido por los Aliados en la Segunda Guerra Mundial», desvela Villamor. A pesar de que el país contaba con unas fuerzas parejas en lo que se refiere a infantería, la potencia tecnológica de los asaltantes convirtió la operación en un paseo militar. Tras encadenar una derrota tras otra, los últimos defensores capitularon el 17 de septiembre. Fue poco después de que Pahlavi abdicara en favor de su hijo, un destaco partidario de los Aliados.

... y asfixia

Y de aquí, a la absoluta asfixia. Villamor recopila en su obra las tropelías que los Aliados perpetraron contra Irán a partir de la primavera de 1941. Todo ello, por culpa de que «alrededor del 80% de la población se consideraba progermana». En sus palabras, lo primero que hizo el nuevo gobierno fue «efectuar una gran limpieza en el funcionariado» y «aumentar la represión hacia los disidentes periodistas e intelectuales mediante una oleada de detenciones». Los soviéticos, por su parte, perjudicaron los intereses de las mayorías persas en favor de minorías étnicas locales. «Azuzaron a los cristianos armenios para lanzarse al saqueo y al pillaje contra los musulmanes chiitas persas», añade. También lincharon a población local contraria a sus intereses en una serie de matanzas que han sido obviadas por la historia.

Tampoco se olvida el autor español del expolio orquestado por los Aliados. «No solo explotaron los recursos energéticos, sino que robaron a placer y saquearon descontroladamente en todo el país». Las cifras que ofrece son estremecedoras. «Solo en 1941 el Imperio británico confiscó como botín de guerra un total de 100.000 toneladas de trigo que se llevaron a India, además de hacerse de forma ilegal con el monopolio nacional del té, del azúcar, de los productos textiles y de la empresa del automóvil». De los almacenes desaparecieron también 30.000 toneladas de azúcar, por no hablar de otras tantas de huevos, carne y levadura. «El precio de los productos alimenticios se disparó al 75% del precio original y, en algunas ocasiones, hasta cuatro veces más. Llego a haber una hiperinflación del 450%», completa.

A mediados de 1942, la comida estaba agotada. Sin embargo, los Aliados se negaban a enviar hasta Irán los miles de toneladas de productos de primera necesidad que se habían comprometido a ceder al gobierno local. «Todo había sido destinado al consumo de los 140.000 militares de las fuerzas de ocupación», desvela Villamor. Por si fuera poco, el escaso excedente que a veces se conseguía se entregaba a los 150.000 ciudadanos polacos deportados por Iósif Stalin después de la invasión de su país allá por septiembre de 1939. «Como era lógico, la llegada de ese gran número de personas fue un imprevisto para el Gobierno, que tuvo que abrir dos campos de refugiados para acogerlos». Finaliza.

El resultado de esta falta de alimentos fue el esperable: una hambruna que sacudió al país. «El primer producto en acabarse fue el trigo, esencial para elaborar el pan, que era la dieta básica de la sociedad de entonces», añade Villamor. Los pueblos quedaron desabastecidos y se generalizaron las defunciones. «Solamente en Abadán se registraban 90 muertos diarios». Otro tanto ocurrió en las provincias bajo el control del Ejército Rojo. En ellas, no tardaron en desaparecer los cereales, la fruta, las verduras y la carne. «Los ciudadanos persas, kurdos y armenios de la provincia malvivieron a base de 250 gramos de pan al día y, en casos muy excepcionales, de 250 gramos de patatas. Una dieta insuficiente», explica.

Por último, Villamor recalca que los Aliados se negaron a hacer llegar vacunas a Irán para acabar con la epidemia de Tifus que se extendió por el país. El único país que envió algunas fue Estados Unidos: un total de 100.000 para una población de más de quince millones. Y ni siquiera esas pudieron ser administradas, pues los ingleses las confiscaron con el objetivo de utilizarlas en sus propios soldados. «El Tifus mató aproximadamente a 400.000 personas en toda Irán, la mayoría, por no gozar ni de la atención médica sanitaria, ni poseer las calorías requeridas para resistir la enfermedad», incide. Esos fallecidos se sumaron otros tres millones más. Un reguero de defunciones que confirma el USHM y que no se detuvo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando británicos y soviéticos detuvieron, al fin, aquella asfixia.

Cinco preguntas a Rubén Villamor

¿Era el gobierno de Irán partidario de la Alemania nazi?

Hay que aclarar que el modelo de gobierno de Irán no era similar al alemán, era una democracia en proceso de desarrollo. El problema es que, a pesar de querer ser una democracia, sus máximos adversarios también eran democracias. No le quedó más remedio por tanto que acercarse al principal enemigo de su enemigo, que era el Tercer Reich. De hecho, en el año 35 se produjo el cambio de nombre (Irán, ‘tierra de arios’) del país para aproximarse a Adolf Hitler. Una vez que se desató la guerra Irán se declaró neutral, la posición que prefería el país. Pero tenía la amenaza de británicos y soviéticos. Al final se acercó a Alemania no por ideología, sino por mera supervivencia.

¿Cómo se desató la guerra contra Irán si era una potencia neutral?

Los Aliados pidieron a Irán que entregara a todos los ciudadanos de origen alemán e italiano. Eso no era posible porque la constitución iraní lo prohibía. Y no podían modificar la ley por la amenaza de un vecino. Así, a finales de agosto procedieron a la invasión, que se hizo sin previa declaración de guerra. Esta, de hecho, vino después, cuando las tropas cruzaban la frontera de Mesopotamia, el Azerbaiyán soviético, el Asia central rusa y el Golfo Pérsico. Fue un ataque en cinco frentes que resultó devastador. El ejército fue barrido en las primeras horas.

Califica la invasión de un crimen contra la paz...

La invasión fue una clara violación de la legalidad internacional. De hecho, fue un crimen contra la paz que, además, no se va a juzgar por venir del bando vencedor. Resulta sorprendente que se atacara a una nación neutral que no se había aproximado a ninguno de los enemigos del Imperio Británico o de la Unión Soviética. Si se acercaron a Alemania fue porque sabían que iban a ser agredidos. Fue el mismo caso que el ataque del Reich a Polonia, solo que por un miembro del bando Aliado. Además, Irán no fue el único país que atacó Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Tenemos el caso de Islandia, Iraq…

¿Por qué cree que se ha ocultado este suceso?

Es curioso… Los Aliados cometieron crímenes abominables durante la Segunda Guerra Mundial, pero todos están reconocidos en multitud de publicaciones. Con Irán no ha sucedido lo mismo. Hay dos motivos para ello. El primero es que, durante el conflicto, se escondió porque coincidió con otra gran hambruna (la de Bengala, que costó tres millones de muertos) y con el descubrimiento de las fosas de Katyn. Si hubieran dado a conocer también los pormenores de la invasión y sus repercusiones habrían caído en el desprestigio más absoluto. El segundo es que Irán actualmente es un enemigo de Occidente. Eso ha hecho que se haya silenciado. Si hoy quieres buscar los crímenes cometidos durante esta contienda hay que acudir a fuentes iranís. No hay nada.

¿Cuál es su capítulo favorito?

No tengo ningún capítulo favorito. Sí hay uno con el que tengo una relación de amor odio: el bombardeo de Buján. Todos conocemos Dresde, Iroshima, Nagasaki… Pero a nadie le suena que el ataque sobre esta urbe –perpetrado en diciembre de 1944 por EEUU– fue el tercero en víctimas mortales. Cuando la información cayó en mis manos empecé a indagar y me di cuenta de que apenas había nada publicado. Me asombró mucho. Sin embargo, también es cierto que, mientras lo estaba haciendo, Buján se convirtió en el centro de la información internacional por culpa del Coronavirus.

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