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Luis Rivas

Un mayo sangriento es el ejemplo de lo que espera a Afganistán en los próximos meses y quizá años. Abandonar su país es el objetivo de miles de ciudadanos que temen el retorno al poder de los talibanes, tras la salida de las tropas norteamericanas.

La diferencia entre la política afgana de Joe Biden y la de Donald Trump es solo una cuestión de cuatro meses. Para el exmandatario, el primero de mayo era el "día D" para que los militares norteamericanos abandonasen ese territorio. El presidente Biden ha preferido fijar otro momento, el 11 de septiembre de 2021, para que la fecha coincida con el aniversario del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el atentado que dio origen a la última gran operación militar de Estados Unidos en Oriente Medio.

La poca esperanza en las negociaciones de paz entre el Gobierno afgano de Ashraf Ghani y los dirigentes talibanes se refleja en las filas ante las puertas de las embajadas extranjeras. Miles de afganos intentan desesperadamente obtener visados para abandonar su país. La incipiente clase media surgida de la economía generada por organismos internacionales, ONGs, o empresas extranjeras hace valer sus contactos exteriores para dejar atrás lo que imaginan como un retorno al infierno de los "estudiantes de religión".

El caso de los traductores y otros trabajadores que han colaborado con las tropas extranjeras instaladas en suelo afgano es desesperado. Como en tantas otras guerras del pasado, saben que en la lista de objetivos de los talibanes se encuentran en los primeros lugares. Entre los países de la OTAN que han enviado soldados a Afganistán, solo Francia ha respondido positivamente a los solicitantes y ha decidido dar cobijo a 600 personas.

Fracaso de EEUU y la OTAN

En Estados Unidos, retirar las tropas de Afganistán es pues una decisión "bipartisan" y no una excentricidad trumpiana. Más de 6000 soldados muertos después, y más de 100.000 víctimas afganas, los soldados estadounidenses salen del país con el fusil entre las piernas, firmando así su capitulación tras dos décadas de guerra. Pero en esa aventura, el gendarme norteamericano no es el único derrotado.

La OTAN sufre también un sonoro descalabro en su primera operación fuera de Europa. Por eso, el jefe de la Alianza atlántica ha intentado hasta el último segundo frenar la retirada de EEUU. Intento vano; en la primera semana de mayo las tropas norteamericanas han dejado la emblemática base de Kandahar; no se han visto imágenes; no se han celebrado ceremonias. Kandahar fue desocupada con nocturnidad. Fue el centro neurálgico de la intervención de la OTAN. Bagran, junto a la capital, Kabul, es el último cuartel que ocupan los "GI'S".

Entre el 6% y el 10% de los 3.000 uniformados norteamericanos que quedaban en el país ha abandonado ya suelo afgano.

Hace poco más de diez años, Barack Obama, elevó el número de efectivos hasta 30.000, una intervención masiva que el presidente demócrata combinó con la eliminación de enemigos mediante drones, especialización que le valdrá un recordatorio especial en la historia del enfrentamiento con los talibanes.

El rol de Pakistán, clave

De lo acordado por EEUU, el Reino Unido y la OTAN en Bonn hace ahora 20 años, bajo el lema "reconstruir y democratizar", los afganos heredarán infraestructuras de transporte, una red de comunicación telefónica y algunas escuelas. Magro balance que no servirá para justificar el fracaso.

Nadie con dos dedos de frente puede esperar que los talibanes cumplan lo estipulado en Doha (Catar) en febrero de 2020. Todo está preparado para que los islamistas radicales avancen sobre Kabul. El enfrentamiento con las tropas federales será inevitable. La pretensión de que los talibanes no conviertan a Afganistán en una base segura del yihadismo internacional es una quimera.

Veinte años después, Afganistán refleja el naufragio de la llamada "comunidad internacional" para poner fin a un conflicto que no es simplemente un asunto interno afgano. El vecino Pakistán, base de repliegue y apoyo de los talibanes pasa a tener un nuevo papel en el drama.

Para el presidente afgano, Ashraf Ghani, de Pakistán provienen las finanzas y el reclutamiento de los talibanes. Tras su reciente encuentro con Ghani, el jefe de las fuerzas armadas pakistaníes, general Qamar Jared Bajwa aseguró que la restauración de la dictadura de los talibanes no tiene interés para nadie en la región. En pocas semanas estas palabras podrán ser desmentidas, o no, por los hechos.

Un futuro sin mujeres

El reciente atentado contra la escuela de niñas de la minoría chií hazara en Kabul, que provocó la muerte de 85 personas, es un anticipo de lo que para los grupos islamistas será el futuro del país. Un retorno al oscurantismo en el que las mujeres desaparecerán de la vida pública, ocultas bajo el burka. Ante esa tesitura, miles de afganos demuestran en las filas en las embajadas extranjeras la poca esperanza que depositan en el futuro de su país.

Huir a toda costa es el objetivo desesperado.

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