Manuel P. Villatoro

La fotografía se replicó hasta la extenuación por la potencia que atesoraba. En ella, un vetusto y algo entrado en carnes Francisco Franco abrazaba, con una sonrisa de esas que ponen los más pequeños el día de reyes, al presidente de los Estados Unidos Dwight Eisenhower. El mismo que, antes de los pegadizos anuncios electorales del «I like Ike» («Me gusta Ike», imaginación no le faltaba a su equipo de campaña) había orquestado la invasión aliada a la vieja Europa a través del Desembarco de Normandía. Aunque ese día, un 22 de diciembre de 1955 en la base de Torrejón de Ardoz, ya había pasado una década de aquello, el halo de gran héroe de la Segunda Guerra Mundial todavía brillaba en el norteamericano.

Vaya por delante para los más avispados que la fecha de las líneas precedentes es la correcta. Y es que sí, el fotógrafo que captó la curiosa estampa lo hizo mientras la pareja se despedía, antes del despegue, y no durante la llegada de Ike. Pero, más allá de esta curiosidad histórica, lo que en realidad hay que reseñar de aquellas jornadas es que sentaron las bases de lo que ya era una estupenda relación entre Franco y Eisenhower. Dos personajes antagónicos durante la Segunda Guerra Mundial (al español le quitó el sueño alguna que otra noche imaginar un desembarco Aliado en la Península Ibérica) pero que, tras la caída del Tercer Reich y la capitulación del emperador de Japón, iniciaron una suerte de romance político. O de cercanía y casi amistad, si prefieren.

Antes y después de la visita de Ike, el primer jefe de Estado en entrevistarse con Franco tras Adolf Hitler en Hendaya, ambos mantuvieron una relación epistolar en la que, más de una y dos veces, el estadounidense mostró su admiración por el dictador. Quizá la más extravagante fue aquella en la que le desveló que, con su ayuda y su visión de militar africanista, estaba seguro de que las bajas aliadas en las campañas del desierto se habrían reducido de forma drástica. «La de Túnez, por ejemplo, hubiera durado un mes en lugar de seis», afirmó. En otras, el otrora general en jefe aliado lamentó «no haber tenido una conversación antes con el Generalísimo» para haber puesto luz «sobre la neutralidad española».

Con todo, si hubo un tema en el que el todopoderoso Dwight Eisenhower estuvo totalmente de acuerdo con Franco, ese fue su odio mutuo al comunismo que arribaba, a toda prisa, desde la misma Unión Soviética. La misma, por cierto, que había ayudado a vencer a los nazis en la Segunda Guerra Mundial y que había atesorado el mayor número de bajas (unos 24 millones de civiles y militares, atendiendo a las fuentes) del conflicto. Así lo dejó claro el presidente de los Estados Unidos en una carta calificada de «Confidencial»: «Sus puntos de vista sobre el movimiento del comunismo soviético me interesan considerablemente. Comparto su opinión de que la ofensiva comunista no es hoy exclusivamente militar».

Primer acercamiento

A favor de Eisenhower habría que decir que las relaciones entre Estados Unidos y España no empezaron a andar con su presidencia, sino mucho antes, en 1947. Ese fue el año, apenas dos después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en el que la administración Truman dejó claro en el llamado «Informe Keenan» que era hora de abandonar las diferencias y acercarse poco a poco a Francisco Franco. Pero despacio, con buena letra y sin alarmar a los medios de comunicación, pues la sociedad no recibiría bien la nueva amistad con un régimen que había apoyado, de forma velada, al Tercer Reich. A partir de entonces los guiños cómplices entre ambos se contaron por decenas. Se había iniciado el deshielo.

Cuando el héroe de la Segunda Guerra Mundial ascendió hasta la poltrona tras las elecciones de 1952, los pequeños pasos ya se habían transformado en grandes zancadas. En 1950, por ejemplo, Franco se ofreció a ayudar a Estados Unidos en la Guerra de Corea. Pocos meses después, la ONU retiró, a petición norteamericana, la resolución 386 de la Asamblea General; en la práctica, una correa con la que se buscaba asfixiar al régimen español por su relación con el fascismo. En estas primeras victorias adquirió gran importancia José Félix de Lequerica, el diplomático destinado en el país de las barras y estrellas. Ike, por tanto, recorrió un camino que otros tantos habían surcado ya.

La llegada de 1953 supuso el acercamiento definitivo con la firma, en septiembre, de un convenio de ayuda militar y económica y, por descontado, con el establecimiento de las bases militares de utilización conjunta de Torrejón de Ardoz, Morón, Zaragoza y Rota. Los míticos y populares «Pactos de Madrid» de los que tanto se ha hablado a lo largo de la Historia. Poco después, Franco volvió a mover ficha y dio órdenes al nuevo embajador español en Estados Unidos, José María de Areilza, de engrasar la maquinaria diplomática para ganarse el cariño total de la presidencia. Con esos deseos, y una excusa barata, el diplomático se presentó ante Ike para obtener su confianza. Y así se lo narró al dictador después en una misiva replicada en el libro «Las cartas de Franco»:

«Precioso el salón presidencial, en forma elíptica, muy luminoso, que da a los jardines de la Casa Blanca. Una sola mesa […] y sentado detrás […] el General Eisenhower, con sus gafas de concha, que se levantó y me saludó con gran cordialidad. Entramos seguidamente en conversación manifestándome su satisfacción por mi llegada y deseándome llevara a feliz término una labor que estrechase las relaciones amistosas existentes entre los dos países. A continuación, me indicó que siempre había tenido interés en conocer España, pero que lo había impedido, primero su misión de comandante en jefe de las fuerzas aliadas en la última guerra; después, su nombramiento de jefe supremo de SHAPE. Su visita a España en esas circunstancias, señaló, hubiera despertado recelos»

Según lo narrado por Areilza (esperemos que real, y no dulcificado para gracia de Franco), ambos charlaron durante un largo rato. A Ike le llamó la atención, al parecer, que el jefe del Estado español tuviera unas aficiones similares a las suyas (a saber, la pintura y la pesca). Hasta tal punto, que le mostró algunos de sus cuadros y le explicó que los bosquejaba en su finca de Denver, pero los remataba en la calidez de su hogar. «Me preguntó con interés sobre los de Vuestra Excelencia señalándole sus cruceros náuticos por el Mediterráneo y algunos aspectos pictóricos de sus obras». La conversación se volvió más cálida cuando el diplomático sacó el tema de sus victorias militares en la Segunda Guerra Mundial.

«Hablé de la admiración que existe en España por su personalidad militar y éxitos, dirigiendo las operaciones en el campo aliado durante la última contienda. Refiriéndose a ella, y completando su anterior pensamiento, me dijo que algunas veces consideró que de su contacto personal con Vuestra Excelencia, poco antes del desembarco norteafricano, hubiera podido evitar numerosas bajas el mando aliado al acortarse la campaña. “La de Túnez, por ejemplo -me señaló- hubiera dura do un mes en lugar de seis"».

Ambos se despidieron de forma cordial y con deseos de que las relaciones entre los países a los que representaban arribaran a buen puerto. Eisenhower prometió que visitaría España en el momento en que se hubieran tranquilizado los ánimos de la sociedad y reiteró su «sincera amistad» con España. En todo caso su interés por Franco debió ser alto, pues Areilza envió una curiosa petición a su superior: «Si Vuestra Excelencia no ve inconveniente, espero tener oportunidad de conseguir del Presidente Eisenhower una fotografía dedicada que Vuestra Excelencia podría corresponder en la misma forma».

Unidos contra el comunismo

La visita a España, la primera de un presidente de los Estados Unidos, puso sobre la mesa un hecho más que llamativo: la aceptación, de cara a la comunidad internacional, del régimen franquista. Y eso, a pesar de las reticencias del partido demócrata. Eisenhower se marchó regocijado. En ninguno de los países que visitó en la gira que siguió a su paso por nuestro país fue recibido como aquí. Si en el aeropuerto le esperaban 50.000 personas, más de medio millón más se agolparon en las calles de la capital para ver su comitiva. Tres meses después, con el regusto dulce salpicándole todavía los labios, escribió a su nuevo amigo después de este le hubiese hecho llegar, también por correo, sus opiniones sobre el comunismo y sobre Latinoamérica.

«Querido General Franco: Le agradezco su carta interesante y cordial del 18 corriente que me entregó su Ministro de Asuntos Exteriores cuando me visitó el 23 de marzo. […] Ya sabe usted cuanto gocé mi estancia en esa impresionante capital. Sus puntos de vista sobre el movimiento del comunismo soviético me interesaron considerablemente. Comparto su opinión de que la ofensiva comunista no es hoy exclusivamente militar, sino principalmente política y económica. Coincido […] de que sólo la ayuda económica norteamericana no puede conseguir el desarrollo económico y estabilidad política a que aspiran Latino América y otras naciones. Estos objetivos pueden únicamente alcanzarse a través de los esfuerzos de los países en cuestión, como me subrayaron los mismos líderes latinoamericanos».

Ike señalaba, a continuación, que conocía el gran interés demostrado por los comunistas en Latinoamérica, «especialmente en relación con el régimen cubano», y de que, como Franco, estaba «convencido de que el sistema comunista no puede en última instancia satisfacer el ansia de los pueblos por una vida mejor que lleve consigo libertad individual y dignidad humana». El presidente suscribía también todas las premisas que, escribía, le había hecho llegar el del Ferrol sobre el comunismo. «Gracias de nuevo por las ideas que han despertado en mí su mensaje. Le envío a usted y su señora mis mejores deseos». Por último, le invitaba, como él, a no suavizar sus políticas a pesar de la muerte de Stalin:

«Es alentador notar que, aun con una dictadura comunista, el gobierno soviético ha hecho algunos cambios que representan mejores condiciones de vida para el pueblo ruso de las que existían durante los tiempos de Stalin. Nuestra esperanza es de que sigan por ese camino hasta que un día el régimen soviético no constituya una amenaza para el resto del mundo. Nuestra política de intercambio de personas e ideas con los países del bloque soviético está encaminada a promover dicha tendencia. Es para mi evidente, sin embargo, que no podemos permitirnos suavizar nuestra pugna con el comunismo en la esperanza de que eventualmente se convierta en un sistema en que podamos confiar».

Fuente: ABC

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